Ocho

1274 Words
Los golpes de varios hombres no son suficientes para detenerlo, ya que él pelea con todas sus fuerzas, poniendo en práctica la habilidad de luchar que adquirió en Cinsy. Casi los vence a todos, pero el golpe en su cabeza lo hace caer al polvoroso pavimento. Escucha la tabla resonar cerca de su oído, lo que significa que la han tirado a su lado. —¿Deberíamos lanzarlo al mar? —pregunta uno de ellos. —Quizás... —Escucha cerca de él. Se queda a la expectativa de lo que le sucederá y maquina alguna forma de salir ileso de allí. —Es mejor que nos aseguremos de que muera, él podría ir con las autoridades y denunciarnos —recomienda otro de ellos. —¿Con qué lo matamos? —Todos miran sus manos carentes de armas, puesto que no tuvieron chance de hacerse de una, debido a que las empleadas de la cocina no los dejaron entrar allí y el joven ya estaba saliendo del barco. —Mira aquella piedra, aplastémosle la cabeza con ella —propuso el hombre de seguridad que había ayudado a Giovanni. Todos miran hacia allá un poco dubitativos, pues no se sienten seguros de llegar tan lejos; la idea era quitarle el dinero y ya, pero el chico se las puso difícil. Su víctima aprovecha que ellos se entretienen para levantarse y correr. —¡Se está escapando! —vocifera uno de ellos y todos corren detrás de él. Gio visualiza un callejón que lo dirige a otra calle, entonces corre mientras se tambalea. Ve su salvación cuando las luces de un vehículo le alumbran el rostro, así que se le tira encima como una manera de pedir auxilio. *** Ella lo ayuda a recostarse en el sofá de la sala, enciende las luces y se acerca a él para revisar la gravedad de su estado. —¿Por qué quieren matarte? —susurra mientras lo observa con curiosidad. Él luce tan diferente a los hombres de Lilibor que podría apostar que es extranjero. Esboza un suspiro y se dirige a la cocina. Katerina toma un envase y echa agua en él, lo mete al microondas y busca una toalla limpia. En el instante en que el aparato electrónico anuncia que el tiempo puesto ha concluido, ella saca el envase y regresa a la sala con el agua tibia y el paño, entonces se arrodilla frente al chico. Con una lucha interna de si ha sido prudente al llevarlo allí, quita la sangre en el rostro del joven y es inevitable no quedarse viéndolo más de lo que debería. —Eres muy apuesto. —Lo observa con intriga—. No sabía que los hombres como tú existieran de verdad. Creí que eran productos de los trucos de maquillaje para tener buenas fotografías en las revistas. —Ummm... —La voz de él la espanta. —¿Estás despierto? —Ella le acaricia el rostro, pero quita la mano al sentirse nerviosa por el tacto. —Gracias... —Él abre los ojos y el verde de estos la mantienen alelada. —¿Cómo te sientes? —Ella le acaricia el cabello que se ha tornado rizado. —Como un gusano aplastado. —Trata de sonreír, pero solo logra una mueca de dolor. —Te golpearon fuerte. Te voy a limpiar y a masajear con mentol, eso ayuda... —Ella oculta la mirada de una manera que le llama la atención a él. —Hablas como si tuvieras experiencia en el asunto —Este escudriña su lenguaje corporal, que le confirma que su especulación es certera. Se queda observándola por un rato, tratando de descifrar algún defecto en esa mujer tan peculiar. Si ella es una chica bondadosa, ¿por qué alguien querría hacerle daño? Luego recuerda que él era un buen muchacho en el pasado y eso solo le provocó dolor e infortunio. Katerina se muerde el labio inferior y respira con dificultad al escucharlo. Trata de alejar de su mente los recuerdos dolorosos y moja el trapo en el agua. —No hables mucho, mejor trata de descansar —desvía el tema. —¿Eres un ángel? —balbucea él soñoliento—. Eres linda y de mirada transparente. Nunca antes había visto tanta bondad en una mujer. —¿Qué? —interpela confundida. ¿Acaso es el efecto de los golpes que lo hace hablar tonterías?—. Trata de descansar. Te quitaré esta ropa... —Deja de hablar al percatarse de ese detalle. «¿Le quitaré la ropa?», piensa aturdida. —Es lo que todas quieren hacer siempre... —balbucea divertido y ella frunce el ceño. Katerina comienza la labor de desnudarlo, acción que toma más de lo debido, dado el nerviosismo y la vergüenza de parte de esta. A excepción de su difunto esposo, ella nunca había visto a un hombre desnudo. Libera al joven de la ropa sucia y ensangrentada, dejándolo solo con la prenda interior. —Vaya... —susurra mientras admira el musculoso y tonificado cuerpo, con piel elástica y joven. Todo lo que sus ojos ven luce distinto a lo que recuerda de su difunto esposo. A diferencia de Jabor Koch, la figura de este desconocido es llamativa, además de que le provoca emociones que nunca antes había sentido. Con sentimientos de culpabilidad por dejar que sus pensamientos divaguen en lo prohibido, Katerina trata de terminar aquella tarea de una vez y por todas; no obstante, tocar con el paño la firmeza de aquella piel joven y tersa le provoca unos temblores extraños en todo su interior. Después de ella darle un analgésico para el dolor y ponerle mentol en todo el cuerpo, él se queda dormido. Katerina guarda todo y busca una manta gruesa, que usa para cubrir al chico. Lo observa por unos minutos mientras muchas cuestiones le rondan la cabeza y, con la incertidumbre de quién es ese chico y la razón del ataque hacia su persona se va a la cama, por supuesto, cierra la habitación con seguro, solo por precaución. Da varias vueltas en el colchón y chilla con frustración al no poder conciliar el sueño. La emoción de saber que no está sola en la casa la tiene ansiosa, en especial porque en su sofá yace un chico que parece sacado de la televisión o de una revista. ¿Qué pasaría si sus vecinos se llegan a enterar de que ella tiene a un hombre metido en su casa? O, peor aún, que el rumor circule por toda la ciudad y ella se el nuevo blanco de los chismes y rumores mal intencionados. No, eso sería caótico. Suspira y se arropa hasta el cuello. —Ese chico debe dejar mi casa mañana temprano. Ya lo socorrí y le di posada por hoy, pero no permitiré que se quede aquí —sentencia antes de quedarse dormida. *** —¿Alguna información acerca de Giovanni Amato? —pregunta un hombre vestido de ejecutivo a otros dos. Este se encuentra todo golpeado y sostiene un vaso de whisky. —No —responde su subordinado. —¡Demonios! El señor Amato se pondrá colérico cuando sepa que la mafia enemiga se llevó a su único heredero. —Seguiremos investigando, puede que el chico haya logrado escapar. —Eso espero. El señor Amato está a punto de morir y desea volver a ver a su nieto. Ellos asienten y salen del estudio, dejando a aquel hombre solo. —Si tan solo ese viejo egoísta lo hubiera aceptado antes, nada de esto estuviera pasando. Lo peor de esta mierda es que si no encuentro a ese mocoso, pronto estaré muerto.
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