—Mira que eres torpe —dice Matt, sujetándola por el codo mientras bajan las escaleras.
Alicia aprieta los dientes. A la final tuvo que llamarlo para que fuera a su rescate.
—Hice lo que tenía que hacer —murmura—. Fingí estar borracha. ¿Qué iba a saber yo que esto iba a terminar así?
—No hace falta que finjas ser torpe —responde él sin mirarla—. Eso lo tienes natural.
—Encantador.
Llegan a la planta baja. La música sigue atronando, la gente bebe como si el mundo fuera a acabarse esa misma noche y no hay ni rastro de Seiran. La fiesta, lejos de calmarse, recién empieza a sudar.
Matt la lleva hasta un rincón donde Alfred está recostado contra la barra, girando un vaso de whisky como si fuera parte del decorado. Apenas los ve, alza la vista y niega con la cabeza, decepcionado, pero no sorprendido.
—¿Qué? —le reta Alicia al notar la cara—. Dilo.
—¿Por dónde empiezo? —Alfred se pone de pie y señala la venda en su pierna—. ¿Por qué te finges borracha?
—Era la mejor estrategia.
—Claro —responde él—. Nada dice “plan inteligente” como terminar cojeando.
Alicia se suelta del brazo de Matt.
—Puedo sola.
—Son unos niños —suspira Alfred, dando un sorbo—. Yo no firmé para ser niñero esta noche.
—Cállate, bueno para nada —le reclama Matt—. Ya hice cien mil dólares hoy. ¿Cuánto has hecho tú?
Alicia se congela.
—¿Cien mil dólares?
Empuja a Alfred sin culpa.
—Matt, jamás dudé de tus… millones de capacidades. Necesito dinero.
—Ni lo sueñes —dice él—. Eso es para el abuelo.
—¿Y cómo vendes tanto? —reclama Alfred, herido en su orgullo—. Tiene que ser esa cara de maniquí que tienes.
—Dice el hombre que combina la ropa con las botellas de whisky —responde Matt—. Por cierto, qué asco de fiesta. La cerveza sabe a arrepentimiento.
Alicia asiente con gravedad.
—Confirmo. Primo, en serio necesito dinero.
—Ya te dije que es del abuelo.
Alicia no se mueve. Lo mira fijo, con la paciencia falsa de alguien que ya decidió no aceptar un no.
—El abuelo no está aquí.
—Pero su dinero sí —responde Matt, cruzándose de brazos—. Y no se toca.
Alfred chasquea la lengua, claramente irritado.
—Míralo —dice, señalándolo con el vaso—. Hoy vende dos cosas, junta cien mil y ya cree que es un banco central.
—No es mi culpa ser eficiente —replica Matt—. Algunos trabajamos. Otros beben.
—Yo cultivo relaciones —dice Alfred—. El whisky es networking líquido.
Alicia aprovecha la distracción. Da medio paso hacia Matt.
—Primo… solo un poco.
—No.
—Un adelanto emocional.
—No.
—Un préstamo humanitario.
—No.
Alfred resopla y voltea los ojos a Matt.
—No es mi problema si tú no sabes vender —dice Matt al notar su expresión.
—Vendo perfectamente —se defiende Alfred—. Lo que pasa es que yo tengo principios.
Alicia y Matt se miran y se empiezan a burlar – tu ni sabes lo que es eso, Alfred – dice ella.
De repente, un grito atraviesa la música y la algarabía.
—¿Qué rayos…? —Alfred frunce el ceño, mirando alrededor.
—Eso suena a problemas —susurra Alicia, pegándose a Matt.
Los tres corren hacia el patio, donde el panorama los golpea como un balde de agua fría: Lucy está allí, completamente desorientada, gritando sin control, moviendo los brazos como si tratara de ahuyentar sombras invisibles.
—¡Lucy! —grita Alfred, intentando acercarse, pero la chica no parece verlo.
Alicia y Matt intercambian miradas de pánico. La música sigue, absurda, como si nada estuviera pasando, pero los gritos de Lucy son lo único que se siente real.
De pronto, Lucy cae al suelo con un espasmo que hiela la sangre de todos. Sus gritos se apagan y el silencio que sigue pesa más que cualquier música. Alfred se lanza al suelo y toca su pecho, buscando un latido que no encuentra.
—¡No… no respira! —grita, su voz quebrándose.
El caos estalla. Invitados gritando, botellas cayendo, gente corriendo en todas direcciones. Algunos intentan ayudar, otros simplemente retroceden horrorizados.
Mael corre hasta ellos, la expresión tan dura que corta el aire:
—¡Esta chica está muerta! —grita, sacando el celular al mismo tiempo—. Llamamos a la comisaría y a una ambulancia, ¡ya!
De la nada unos hombres empiezan a seguir órdenes.
Matt se inclina hacia Alicia, hablando bajo:
—Hay como veinte Lunari aquí… estábamos rodeados.
—Sí —responde ella—. Parece que todos tenían la noche libre.
Alfred camina hacia ellos.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Matt, claramente asustado.
—Serenos —responde Alfred, con esa tranquilidad que roza la arrogancia—. La chica bebió de más, no es nuestra culpa.
Mael frunce el ceño, sus ojos se clavan en Alfred.
—¿Ella no era tu novia? —pregunta con un tono que no admite mentira.
—Me acosté con ella un par de veces, pero no… no era mi novia.
Mael lo observa, sus labios se tensan, claramente irritado por la actitud despreocupada de Alfred, pero mantiene la mirada fija.
—Los tres deben acompañarme a la comisaría.
—¿Por qué yo? —pregunta Matt, con el ceño fruncido—. Yo no me acostaba con ella.
—Yo ni la conocía —interviene Alicia, tratando de mantener distancia.
—Por protocolo —responde Mael.
—¿Protocolo? —Alicia se acerca, desafiante—. Más bien capricho.
Mael la mira como quien no tolera bromas.
—¿No quiere cooperar, señorita Althen?
Alicia y Matt se miran, el pánico dibujando sus rostros. No tenían nada planeado, ni idea de qué decir. Alfred solo entiende sus ojos y suspira, con esa seguridad de quien ha visto este tipo de situaciones demasiadas veces:
—Solo sean honestos, chicos. Cooperemos con las autoridades como siempre lo hemos hecho.
Pero en la mente de Alicia y Matt, esa era la señal: la familia había tenido algo que ver con lo que pasó a Lucy, y ahora ser “honestos” no significaba decir la verdad.
—Sí… vamos a cooperar —dice Matt, más por imagen que por intención.
—No es opcional —interviene Mael, indicando que le sigan.
—¿Te ayudo? —pregunta a Alicia, viendo que aún cojea.
—Qué amable, pero puedo sola —responde ella, tratando de avanzar.
Mael los conduce a paso firme hacia la patrulla, sus pasos resonando sobre el pavimento del patio aún lleno de vasos rotos y botellas volcadas. Alicia cojea, pero intenta mantenerse erguida.
—¿Sabes lo que me sorprende? —dice Mael, su voz baja pero cargada de reproche mientras mira a Alicia de reojo—. Que alguien que está a punto de ser llamada a juicio… pueda irse a una fiesta como si nada.
Alicia lo mira, arqueando una ceja.
—Bueno… —responde, tratando de sonar ligera, aunque su voz tiembla un poco—. Al menos estaba siendo social. No todo es trabajo y juicios, ¿sabe?
—Social —repite él con incredulidad—. ¿Social? Esto no es un juego, señorita Althen. La seguridad de esta ciudad no es un accesorio que puedes ignorar cuando te da la gana.
Alicia suspira, cojeando un poco más cerca de él, tratando de suavizar la tensión sin perder la postura:
—Vamos, Mael… no es como si yo hubiera planeado que Lucy terminara así. No soy responsable de todo lo que pasa alrededor mío.
—No —replica él, su voz ahora tensa y controlada, casi amenazante—. Pero sí eres responsable de elegir dónde y con quién te metes.
Alicia se queda en silencio un instante, con los ojos fijos en Mael en una mezcla de desafío y cálculo.
—¿Con quién me meto? —dice, mordiendo ligeramente el labio—. ¿Hablas de mi familia? ¿Crees que los voy a alejar de mi vida solo porque gente como ustedes dice que están mal?
—No le pido eso, señorita Althen —dice, su tono mortalmente serio—. Pero le recuerdo que tus decisiones tienen consecuencias.
Alicia da un paso más cerca, su voz baja y firme, casi susurrante:
—Me estás haciendo perder el tiempo. Quiero ser interrogada en la comisaría… por alguien que sepa hacer su trabajo.
Mael abre la puerta de la patrulla, su gesto firme, controlando la situación:
—Qué lástima, señorita Alicia… solo me tendrá a mí esta noche.
Antes de que pueda reaccionar, ella cierra la puerta del carro con un portazo seco.