Salió de allí con la cabeza llena de ruido. Pensativa.
Tal vez estaba bajando la guardia. Tal vez no debería. Mael había sonado genuinamente preocupado, y eso la descolocaba más que cualquier amenaza abierta. La preocupación sincera era peligrosa: hacía que una empezara a justificar cosas.
¿Y si todo aquello era paranoia suya?
¿Y si las conspiraciones de esa familia no lo contaminaban todo?
Quizá no todos vivían jugando a dos bandos. Quizá aún existían personas que se preocupaban de verdad por otros, sin cálculo ni agenda oculta. Se dijo eso… sin estar del todo convencida.
El rugido de un motor cortó sus pensamientos.
Una moto se detuvo justo delante de ella.
—¿Una moto? —preguntó, alzando una ceja, sorprendida. La sonrisa le salió sola, casi a su pesar.
Seiran se quitó el casco con una sonrisa fácil, de esas que parecían no cargar peso alguno.
—El mejor medio de transporte.
Alicia lo observó un segundo más de la cuenta. Con él, todo parecía… más simple. O al menos, menos denso.
—Nunca he subido a una —admitió, mientras se colocaba el casco que él le extendía.
—Entonces me alegra ser tu primera vez —susurró, bajando la voz—. Al menos en esto.
Ella negó con la cabeza, divertida, sintiendo cómo algo dentro se aflojaba.
—Voy a omitir tu intento de coqueteo, porque apenas estamos empezando.
Seiran rió, sin molestarse en defenderse, y la ayudó a montarse en la moto con naturalidad. Alicia dejó de pensar. Por una vez, se permitió no analizar cada gesto.
La llevó a un centro comercial. Le explicó, casi con entusiasmo infantil, que había comprado entradas para una película que llevaba tiempo queriendo ver.
Y Alicia decidió disfrutarlo.
Solo por esa noche.
—Confía en mí —dijo Seiran al comprar las entradas—. Es entretenida.
Alicia empezó a dudar cuando vio el afiche: sangre, un título impronunciable y una advertencia que incluía palabras como “desmembramiento” y “terror psicológico”.
—¿Esto es… muy gráfico? —preguntó.
—Un poco —respondió él, como si hablara del clima.
No fue un poco.
A los veinte minutos, Alicia ya estaba encogida en el asiento, con los hombros tensos y las manos aferradas al borde del abrigo. Cada sonido la hacía saltar. Cada escena sangrienta le arrancaba una mueca que intentaba disimular. Incluso para una doctora proveniente de una familia como la suya, la película era demasiado.
Seiran, en cambio, estaba absorto. Miraba la pantalla con atención casi devota, como si el caos y la violencia fueran parte de un lenguaje que entendía bien.
Ella lo miró de reojo. Esa mirada, fue la misma que vio en el baño, una mezcla de adrenalina con emoción.
Cuando salieron del cine, Alicia respiró como si hubiera estado bajo el agua.
—Definitivamente no era una película para una primera cita —dijo.
—Lo siento —Seiran se rascó la nuca—. A mí me relaja. ¿Te parece si comemos algo? —propuso Seiran, señalando con la cabeza hacia la salida del cine.
Alicia asintió, aún con la adrenalina baja.
Caminaron unos metros hasta que él se detuvo frente a un local de comida rápida. Luces blancas, menú gigante, combos numerados.
Alicia parpadeó una vez. Luego otra.
—Ah… —dijo, midiendo su tono—. ¿Aquí?
—Sí —respondió Seiran, como si nada—. Es rápido, no te juzgan si comes con las manos y las papas siempre saben igual, para mi hay ensalada.
Ella sonrió, más por costumbre que por burla.
—Si quieres… —dijo— puedo invitarte a comer a otro sitio. Hay un restaurante italiano cruzando la avenida, o uno pequeño de comida asiática que es bastante bueno.
Seiran la miró, serio, pero no incómodo.
—No —respondió con suavidad—. No hace falta. Y no quiero que pagues. Yo te invité.
—No es por eso —aclaró ella—. Solo pensé que tal vez…
—Si quieres comer otra cosa, te llevo —interrumpió él—. De verdad. No tengo problema. Solo dime.
Alicia lo observó un segundo más y luego negó con la cabeza.
—Está bien… es solo que yo no suelo venir a estos lugares.
—¿Nunca? —preguntó, genuinamente sorprendido.
—Casi nunca.
Seiran sonrió, como si acabara de encontrar una solución sencilla.
—Entonces vamos a la feria de comida.
Ella frunció el ceño.
—¿La qué?
Él rió.
—Ven.
La llevó unos pasillos más adentro del centro comercial. El espacio se abrió de pronto en una explanada ruidosa, mesas compartidas, olores mezclados: hamburguesas, comida oriental, pizzas, dulces. Gente de todas partes, familias, parejas, adolescentes.
Alicia se detuvo, mirando alrededor.
—No sabía que esto existía.
—Aquí puedes comer lo que quieras —dijo Seiran—. Nadie te mira raro si mezclas sabores. Es democrático.
Dieron una vuelta rápida.
—¿Pizza? —Preguntó ella animada.
Pidieron una pizza personal para ella, y una ensalada para Seiran, y se sentaron en una mesa de plástico blanco. Alicia se quitó el abrigo, más relajada de lo que había esperado.
—Esto… está bien —admitió—. Es extraño, pero está bien.
—Lo extraño suele ser lo mejor —respondió él, apoyando los codos en la mesa.
Comieron en silencio unos minutos.
No incómodo. Natural. Como si ambos necesitaran ese respiro.
—No sueles tener muchas citas, ¿verdad? Lo siento, es que leí tu expediente, y no vi nada que dijera de novios o relaciones importantes. —comentó Seiran, sin mirarla directamente.
Alicia pensó un segundo antes de responder.
—Si he tenido relaciones, no se si relevantes, y también citas. Es difícil congeniar con alguien, no lo sé, a veces solo estas demasiado cansada para iniciar una relación.
Seiran asintió despacio.
—Yo he tenido varias relaciones —dijo—. Ninguna terminó mal, pero tampoco bien. La tienda, mi abuelo… la responsabilidad suele aburrirlas rápido.
Ella lo observó con atención.
—¿Con qué tipo de chicas sueles salir?
Seiran se encogió de hombros. Miró su vaso antes de hablar.
—Las raras —dijo—. Las que no intentan ser normales. Las que tienen algo… torcido.
Alicia parpadeó.
—¿Torcido?
—No en plan peligroso —aclaró enseguida—. Más bien intenso. Chicas que no se asustan fácil, que se ríen donde otros se incomodan.
Levantó la mirada, por fin.
—Durante un tiempo salí con chicas góticas. Me gusta esa cultura. Imagínate: yo con el uniforme de la academia y ellas vestidas de n***o, corsé victoriano, maquillaje oscuro… la gente nos miraba raro.
Alicia soltó una risa genuina.
—Entonces no soy tu tipo.
—Tal vez sí —respondió él con calma— por eso estamos aquí, para averiguarlo.
Pareció dudar, como si estuviera a punto de decir algo más, pero se detuvo.
—¿Y a ti? —preguntó—. ¿Qué cosas te gustan?
Alicia lo pensó.
—Leer. Caminar.
Seiran sonrió de lado.
—No. Hablo de cosas como la película… o la estética. Gustos reales.
Ella bajó la vista, jugueteando con la pajilla.
—Nunca fui gótica —dijo—. De niña estaba obsesionada con Barbie. Me gustaba todo rosado. Ahora… no sé. Me gusta el n***o, pero siempre termino poniendo rosa en algo.
Señaló su mochila.
Seiran ladeó la cabeza.
—Eso no sonó convincente.
Ella sonrió, incómoda.
—¿Y tú qué tipo de hombres crees que me gustan?
—Dímelo tú.
Alicia suspiró.
—Seiran, siento que me estás interrogando.
—Solo quiero entenderte —dijo.
Ella alzó una ceja.
—Por favor. Ya somos adultos para andar temiendo a lo que otros piensan de nosotros.
Ella respiró hondo.
—Me gustan los hombres…interesantes. Que no sean fáciles de descifrar, los que te van sorprendiendo momento a momento —dijo— No me gusta exponer mis gustos en público, pero en privado… la gente demasiado normal me aburre.
Seiran sonrió, esta vez sin disimular.
—Bien…¿algo que siempre hayas querido hacer con alguien?
— Es algo tonto...pero siempre me ha han gustado los cosplay y juego de roles, sé que suena elevado, pero siempre he querido una pareja que sea mente abierta y lo disfrute.
Seiran no apartó la mirada de ella de inmediato.
Jugó con la servilleta entre los dedos, como si midiera algo invisible.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de lo que acabas de decir? —preguntó al fin.
Alicia levantó la vista, alerta.
—¿Qué?
—Que no lo dijiste para impresionarme —respondió—. Lo dijiste como si te hubiera salido sin querer.
Ella frunció apenas el ceño.
—¿Eso es malo?
—No —sonrió—. Es peligroso. Para ti.
Alicia soltó una risa corta, nerviosa.
—¿Peligroso cómo?
Seiran se inclinó un poco hacia adelante, lo justo para invadir su espacio sin tocarla.
—Porque cuando alguien empieza a decir cosas que normalmente se guarda… —bajó la voz— es porque se siente cómoda. Y la gente cómoda baja la guardia.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Estás diciendo que debería cuidarme de ti?
—Estoy diciendo que deberías cuidarte de lo que podrías hacer conmigo —respondió, tranquilo—. Yo ya sé quién soy.
El comentario le erizó la piel, aunque no supo por qué.
—¿Y quién eres? —preguntó, fingiendo ligereza.
Seiran ladeó la cabeza.
—Alguien que no va a empujarte a nada —dijo—. Pero tampoco va a fingir que no ve lo que hay.
Ella tragó saliva.
—¿Y qué ves?
Él sonrió, lento.
—Veo a alguien que se pasa la vida siendo correcta… y que fantasea con romper un poco el guion.
Alicia apartó la mirada.
—Estás imaginando cosas.
—Tal vez —admitió—. O tal vez solo estoy prestando atención.
Se recostó en la silla, relajado otra vez, como si no acabara de tensar el aire entre ellos.
—No te preocupes —añadió—. No te voy a pedir nada. No hoy.
—¿Y otro día? —se le escapó a ella, antes de poder detenerse.
Seiran arqueó una ceja, divertido.
—Eso —dijo— dependerá de si sigues siendo honesta… o si decides volver a fingir que eres aburrida.
Alicia sintió calor en las mejillas.
La moto se detuvo frente a la casa de Alicia con un rugido suave que se apagó enseguida. El silencio nocturno volvió a ocupar su lugar, como si nada extraordinario hubiera pasado. Como si no hubiera tensión flotando entre ellos.
Seiran se quitó el casco primero. El cabello desordenado, la sonrisa relajada.
—Gracias por la cita —dijo ella, bajándose con cuidado—. Fue… distinta.
—Lo tomaré como un cumplido —respondió él.
Se quedaron unos segundos sin moverse. Ninguno parecía apurado por irse.
—Oye —añadió Seiran, ya con una mano en el manubrio—. Si algún día decides hacerlo…
Alicia frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
Él ladeó la cabeza, con esa expresión suya entre inocente y peligrosa.
—Disfrazarte —dijo, sin bajar la voz, sin rodeos—. Cosplay. Roles. Lo que sea que guardes en tus tableros secretos.
Ella sintió que el corazón le dio un pequeño salto.
—Seiran…
—No te estoy pidiendo nada —aclaró—. Solo digo que, si algún día te dan ganas… me busques. Me encantaría ser parte de eso.
Silencio.
Luego, como si nada, se puso el casco.
—Buenas noches, Alicia.
Y se fue.
Ella se quedó ahí, inmóvil, hasta que el sonido de la moto desapareció por la calle.
Entró a la casa con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie… ni a sus propios pensamientos. Apoyó la espalda en la puerta cerrada y exhaló.
Su madre tenía razón. Seiran no era normal. Era un poco desquiciado. Y eso…lo hacía divertido.