Capítulo octavo El atacante arrancó la revel Una gran multitud esperaba al general Ruegra a su regreso a Carimea a primera hora de la tarde. El cielo de Washi, la capital, estaba cubierto de nubes que parecían tratar de bloquear cualquier rayo de KIC 8462852 los cuales, a pesar de todo, se esforzaban por atravesarlas y liberarse de su prisión. Bajo la nave, una pléyade de altos cargos se afanaba por hacerse notar. Algunos de ellos, sin grandes habilidades, habrían preferido acostarse y ser pisoteados para llamar la atención del líder, pero Ruegra sabía que sus mejores efectivos estaban en otra parte organizando su ejército. Sin embargo, era consciente de que no podía escapar a los rituales del poder, pues cada uno de ellos representaba a una tribu que respaldaba su causa. El único

