Capítulo décimo Un espejo de agua cristalina La entrada de la cueva ofrecía inmediatamente una bifurcación: a la izquierda había un gran túnel del cual seguían oyéndose los gritos del animal y a la derecha, un pequeño túnel de piedra clara al cual se dirigieron. Desde el techo de la cueva, a los lados, como si de una larga cabellera se tratara, descendían calcificaciones blancas con matices rojos violáceos. Esta pigmentación se formaba gracias a la tierra por encima de la cueva, rica en hierro, que se diluía con la lluvia y fluía hacia abajo a través del suelo. Algunas de estas estalactitas colgaban sobre sus cabezas. En los distintos niveles se encontraban cavidades de tamaños diversos. El aire era cada vez más frío. Oalif se detuvo para sacar algo de la mochila para cubrir a Ulica

