El agudo pitido del despertador atravesó la quietud del modesto apartamento de Liam, un sonido estridente que contrastaba violentamente con la reverberación sorda de la música que aún parecía vibrar en sus huesos desde la noche anterior. La luz gris de una mañana londinense se filtraba a través de las persianas venecianas ligeramente torcidas, dibujando franjas de un blanco pálido sobre la gastada funda nórdica de color azul marino que le cubría. Se incorporó lentamente, sintiendo la protesta de cada músculo tonificado, un dolor sordo que era un recordatorio constante de la dualidad de su existencia. El aire de la pequeña habitación olía a café instantáneo de la mañana anterior y al aroma a papel de los libros de texto abiertos sobre su pequeño escritorio de madera contrachapada. Extendió la mano hacia su teléfono, el frío y liso cristal de la pantalla un ancla a la realidad diurna que ahora exigía su atención, mostrando una notificación de recordatorio para su clase de Estrategias de Marketing Digital. El suelo de madera laminada crujió bajo sus pies descalzos mientras se dirigía a la minúscula cocina, el tacto frío un agudo contraste con el calor febril del escenario del Elysian. Abrió la nevera, cuyo contenido era tan escaso como sus horas de sueño, y sacó un cartón de leche, la condensación helada humedeciendo sus dedos. Observó el reflejo distorsionado de su propio rostro en la ventana de la cocina, notando los ojos verdes penetrantes ahora nublados por el agotamiento y la persistente sombra de resentimiento. Se preparó una taza de café fuerte, el vapor caliente ascendiendo en espirales y llevando consigo el amargo aroma que necesitaba para despejar los últimos vestigios de la noche. Con la taza en la mano, se sentó frente a su computadora portátil, el brillo de la pantalla iluminando su rostro juvenil mientras se sumergía en un mundo de análisis de mercado y campañas en r************* , un universo tan alejado del terciopelo carmesí y las luces de neón que casi podría pertenecer a otra persona.
A kilómetros de distancia, en un almacén abandonado en los muelles industriales, el aire era espeso con el olor metálico de la sangre y el hedor rancio del agua estancada que goteaba desde una viga oxidada del techo. Jaxon se mantuvo perfectamente inmóvil en el centro de la vasta y cavernosa estructura de hormigón, su presencia una mancha de oscuridad y control en medio del caos que acababa de desatar. El cuerpo sin vida de un deudor yacía a sus pies, una forma desmadejada sobre el suelo polvoriento, la mancha carmesí que se extendía desde su pecho era del color del vino tinto derramado sobre el cemento gris. Jaxon bajó el arma, una Sig Sauer negra cuyo cañón aún humeaba ligeramente, el metal todavía cálido contra el cuero de sus guantes mientras el eco del último disparo se desvanecía en la inmensidad del espacio. Sus ojos oscuros y penetrantes recorrieron la escena sin una pizca de emoción, su rostro anguloso y adornado con una barba ligera tan impasible como una máscara de piedra tallada. Se arrodilló con una gracia fluida, evitando cuidadosamente la sangre, y recuperó una unidad de memoria del bolsillo interior de la chaqueta del hombre muerto, el plástico liso y frío un objeto insignificante que contenía información por valor de millones. El único sonido, aparte del goteo rítmico del agua, era el suave crujido de sus zapatos de cuero italiano hechos a medida sobre los escombros dispersos. Se puso de pie y se quitó los guantes con un movimiento preciso y metódico, su aliento visible como una nube blanca en el aire helado del almacén. La luz pálida que entraba a través de una claraboya sucia incidía sobre su cabello n***o azabache, revelando la meticulosa pulcritud con la que estaba peinado hacia atrás. Entonces, sacó un pañuelo de seda del bolsillo de su abrigo y limpió meticulosamente el arma antes de guardarla, borrando cualquier evidencia de su participación con la misma frialdad calculadora con la que había terminado una vida.
Marcus, cuya robusta silueta había estado esperando en la sombra cerca de la única salida, se acercó, su rostro serio y sus ojos marrones fijos en su jefe.
— ¿Tenemos lo que necesitábamos? —inquirió Marcus, su voz un retumbo grave que parecía absorber el silencio.
—Y un recordatorio para los demás sobre el coste de la deslealtad —contestó Jaxon, entregándole la pequeña unidad de memoria sin mirarle— Asegúrate de que nuestro equipo de limpieza sea minucioso. No quiero cabos sueltos.
—Se hará. Natasha ya está coordinando la extracción de los datos. Quería saber si el activo fue… liquidado —comunicó Marcus, tomando el dispositivo con un asentimiento.
—Fue una terminación de contrato necesaria. Infórmale que el asunto está cerrado y que puede proceder con la siguiente fase del plan —ordenó Jaxon, su tono final y desprovisto de cualquier inflexión.
Mientras se dirigían hacia un sedán n***o mate que esperaba afuera, el olor a sal y descomposición del río Támesis llenaba el aire.
—Sobre el otro asunto. La subasta —comenzó Marcus, abriendo la puerta trasera para Jaxon.
—Todo está en marcha. He hecho la consulta inicial. Es un artículo inusual, por lo que el precio será… considerable —explicó Jaxon mientras se acomodaba en el lujoso asiento de cuero n***o, el olor del interior del coche una barrera contra el hedor de los muelles.
— ¿Estás seguro de esto, Jaxon? Adquirir a una persona… no es como comprar un cargamento. Hay complicaciones impredecibles —cuestionó Marcus, su lealtad mezclada con una rara nota de preocupación.
—Las complicaciones son mi especialidad, Marcus. Y la previsibilidad me aburre —replicó Jaxon, sus ojos oscuros brillando con una determinación fría— Este chico, Liam… su insolencia es una mercancía rara. Lo quiero.
—Su desafío no durará una vez que sea tuyo. La gente se quiebra —argumentó Marcus, encendiendo el motor con un rugido silencioso.
—No se quebrará. Tiene una voluntad fuerte, lo vi en sus ojos. Lo doblaré, pero no lo romperé —afirmó Jaxon con una confianza absoluta— Es una adquisición a largo plazo. Una inversión.
— ¿Y qué pasa si se niega? ¿Si lucha? —presionó Marcus.
—Entonces el proceso será mucho más entretenido para mí —concluyó Jaxon, una sonrisa casi imperceptible curvando sus labios mientras el coche se alejaba del almacén, dejando atrás la muerte y la oscuridad.
En el campus universitario, el ambiente era un murmullo vibrante de actividad, lleno del aroma de la hierba recién cortada y el café de la cafetería cercana. Liam caminaba por los senderos de ladrillo rojo, sus libros de texto presionados contra su pecho, sintiéndose anónimo y extrañamente en paz entre la multitud de estudiantes. El sol se había abierto paso entre las nubes, proyectando una luz cálida sobre los edificios de piedra cubiertos de hiedra. Encontró a Dylan cerca de la biblioteca, recostado despreocupadamente en un banco de madera, con sus auriculares puestos y moviendo la cabeza al ritmo de una canción silenciosa.
—Llegas tarde a nuestra sesión de estudio —bromeó Dylan, quitándose los auriculares al ver a Liam acercarse. Su sonrisa era fácil y su mirada enmarcada por su cabello castaño claro y desordenado.
—Tuve una mañana… lenta —respondió Liam, sentándose a su lado y dejando caer sus libros sobre el banco con un ruido sordo.
—Déjame adivinar, ¿la cueva del dragón tuvo una noche concurrida? —inquirió Dylan, su tono ahora más bajo y comprensivo.
—El dragón estaba allí, como siempre. Escupiendo su fuego silencioso —confirmó Liam, frotándose las sienes— No sé cuánto tiempo más podré soportarlo, Dyl.
—Oye, hablamos de esto. Estás a punto de terminar. Unos meses más y tendrás tu título. Podrás mandarlo a él y a todo ese lugar al infierno —le recordó Dylan, su habitual despreocupación reemplazada por una genuina solidaridad.
—A veces siento que esos meses son una eternidad. Cada noche allí me quita algo —confesó Liam en voz baja, mirando sus manos, que parecían demasiado ásperas y cansadas para pertenecer a un estudiante.
—Pues no dejes que te lo quite todo. Por eso estamos aquí, ¿recuerdas? Para construir algo diferente. Ahora, muéstrame tu propuesta para la campaña de r************* de “Aura Cosmetics”. Necesitamos aplastar a la competencia en la presentación del viernes —cambió de tema Dylan, abriendo su propia laptop con una eficiencia repentina que contradecía su actitud relajada.
—Tengo algunas ideas. He estado analizando a sus competidores y encontré un nicho que no están explotando: la autenticidad sin filtros. Demasiado pulido, demasiado falso —explicó Liam, su energía cambiando mientras se sumergía en el trabajo, sus ojos verdes recuperando parte de su brillo penetrante.
—Me gusta cómo suena eso. Autenticidad. Algo que escasea en el Elysian, ¿eh? —comentó Dylan con una sonrisa irónica.
—Algo que escasea en todas partes —corrigió Liam, abriendo su cuaderno y mostrando a Dylan sus notas meticulosamente organizadas, su mente aguda y calculada ahora completamente enfocada en un tipo diferente de actuación.
La mansión de Jaxon en las afueras de Londres era una fortaleza de cristal y acero n***o, una obra maestra de la arquitectura moderna rodeada por hectáreas de bosques meticulosamente cuidados que garantizaban una privacidad absoluta. El interior era un estudio de contrastes: muebles minimalistas de diseño italiano se alzaban sobre antiguas alfombras persas de un profundo color burdeos, y obras de arte contemporáneo de colores vibrantes colgaban en paredes de hormigón pulido de un gris frío. El aire olía a cuero, a madera de cedro y a la sutil fragancia de un ambientador caro y discreto. Jaxon estaba de pie frente a un ventanal que iba del suelo al techo en su despacho, observando el atardecer teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas sobre su impecable jardín. El tacto del frío vaso de whisky en su mano lo anclaba mientras repasaba los acontecimientos del día. La violencia del almacén parecía un recuerdo lejano y clínico en este entorno de lujo estéril, un simple movimiento en un juego de ajedrez mucho más grande. La soledad de la vasta casa era un compañero familiar, un vacío que ninguna adquisición material había logrado llenar por completo. Escuchó unos pasos suaves acercándose y no necesitó girarse para saber quién era.
Natasha entró en el despacho con un andar silencioso y seguro, su largo cabello rubio ceniza ondeando suavemente con el movimiento. Sostenía una tableta en sus manos delgadas y cuidadas.
—Los datos de la unidad han sido completamente extraídos y analizados. Era más valioso de lo que anticipamos. Listas de informantes de la policía, rutas de envío de la competencia… un tesoro —informó ella, su voz tan suave y controlada como su apariencia. Sus ojos azules, penetrantes y observadores, se posaron en Jaxon.
—Excelente. Filtra la información relevante y prepara un informe. Quiero desmantelar sus operaciones antes de fin de mes —ordenó Jaxon, tomando un sorbo de su whisky sin apartar la vista del paisaje.
—Ya está en proceso —confirmó Natasha— Hay algo más. Recibí la confirmación de la casa de subastas. Tu… solicitud especial ha sido aceptada y programada para una sesión privada en tres noches. Han establecido un precio de reserva exorbitante, citando la naturaleza “única” y de “alto riesgo” de la transacción.
—El dinero no es un problema. Lo será de ellos —replicó Jaxon con desdén.
—Jaxon, debo aconsejarte de nuevo que esto es imprudente —prosiguió Natasha, su tono frío pero con un matiz de genuina preocupación estratégica— Comprar a un hombre, a este stripper… no es un activo, es una variable incontrolable. Traerlo aquí, a nuestro santuario, introduce un riesgo innecesario. Es emocional, no es un negocio.
—Todo es un negocio, Natasha. Y yo controlo mis emociones. Es precisamente por eso que lo quiero. Es un desafío —contraatacó Jaxon, girándose finalmente para enfrentarla. Su mirada oscura se encontró con la de ella, un choque de dos intelectos fríos y calculadores.
—Él te odia. Lo he visto en el club. Te mira como si fueras la encarnación de todo lo que desprecia —señaló ella, sus labios carnosos apretados en una fina línea.
—El odio es una pasión. Es una emoción mucho más honesta que la adulación a la que estoy acostumbrado —argumentó Jaxon, una leve sonrisa jugando en sus labios— Es un punto de partida. La indiferencia sería un problema; el odio puedo convertirlo en otra cosa.
— ¿En qué? ¿Sumisión? ¿Lealtad forzada? Esas cosas se rompen, Jaxon. Y cuando lo hagan, estarás expuesto —insistió Natasha, dando un paso más cerca, su persuasión una herramienta tan afilada como cualquier arma.
—No lo entiendes. No quiero romperlo. Quiero poseer su voluntad. Quiero que elija someterse. La belleza no está en la destrucción, Natasha, está en la deconstrucción y la reconstrucción a mi imagen —explicó él, su voz bajando a un murmullo intenso y casi hipnótico— Es la adquisición definitiva. Y no fallaré. Prepara los fondos. Asegúrate de que no haya ninguna posibilidad de que alguien más puje.
Natasha lo sostuvo la mirada por un momento más, sus ojos azules buscando cualquier grieta en su fachada de control absoluto. Al no encontrar ninguna, asintió lentamente, una elegante capitulación.
—Como desees, Jaxon. Los fondos estarán listos. Pero que conste mi objeción. Espero, por tu bien, que el premio valga la pena el riesgo que estás asumiendo —finalizó, antes de darse la vuelta y salir del despacho tan silenciosamente como había entrado, dejando a Jaxon solo una vez más con sus pensamientos y la vista del cielo oscureciéndose.