El conocimiento era un veneno de acción lenta, un agente corrosivo que había disuelto el pánico histérico de Liam, dejándolo con una calma glacial que era mucho más peligrosa que su antigua y explosiva desesperación. Al despertar con la primera luz grisácea que se filtraba a través de los ventanales, no sintió el terror inmediato de la mañana anterior, sino una hiperconciencia de su entorno, cada detalle grabado en su mente con una claridad insoportable. El peso de las sábanas de seda sobre su cuerpo ya no era un lujo sofocante, sino un dato a analizar, y el aire, impregnado del persistente y costoso aroma a sándalo de Jaxon, no era una invasión, sino la firma olfativa de su adversario. La punzada en su pómulo había disminuido a un dolor sordo, un recuerdo lejano de una batalla que ya no i

