parte 17

1372 Words
El frío que se acumulaba en sus extremidades era insoportable. Aron se cubrió con sus manos pegadas al pecho, como si intentara arroparse a sí mismo. Había escuchado del extremo frío que se vivía por las noches en los desiertos, pero ni con eso logró creer que fuera tanto. Ahora se arrepentía de no llevar consigo al menos un atuendo más adecuado. La respiración de Loren era suave y delicada; le hacía cosquillas en la barbilla cada vez que sus pulmones se llenaban de aire, haciendo que sus cabellos rozaran el mentón de Aron. Quería quitárselo de encima; se sentía invadido. Aron había tenido sus amoríos en el pasado, y con ninguno llegó a dormir una noche completa en la misma cama. Incluso Rubí, que ostentaba el título de su esposa, jamás había pasado una noche completa con él. Aron frotó sus manos con impaciencia. Tenía un duelo moral: parte de él quería abrazar a Loren y quitarse el frío agotador, mientras la otra parte quería apartarlo. De pronto, Loren comenzó a moverse de un lado a otro, como si quisiera más calor. Sus brazos largos se enroscaron alrededor del torso de Aron. —Oye, maldito. Aunque Aron empujó a Loren, este no se detuvo; más bien presionó su rostro con más fuerza contra la piel de Aron. Ahora no era el cabello. Los labios de Loren tocaban la piel debajo de su mentón con suavidad y humedad, como si le diera pequeños besos. La piel de Aron se erizó. Era una reacción normal del cuerpo. Sin embargo, se asustó tanto que brincó un poco. Nadie en su sano juicio podría conciliar el sueño en una posición como esta. Aron movió a Loren hacia un lado para quitárselo de encima, pero a cada empujón Loren reaccionaba apretándolo más. El forcejeo continuó hasta que los pulmones de Aron cedieron, cansados por el esfuerzo. El aire era tan frío que, cada vez que respiraba, sentía que sus pulmones se congelaban. Aron se desplomó, respirando con dificultad. Al menos había logrado que los labios de Loren dejaran de rozarlo. Su cuerpo, en contra de todo, se estremeció; un gemido se atoró en su garganta. La sangre en su interior se calentó en segundos. Había excitación en su cuerpo. Cuando Aron bajó la mirada, se encontró con una escena aterradora. Los labios de Loren estaban entreabiertos, y su pezón estaba encerrado entre ellos. Su cuerpo se petrificó. No podía moverse de la impresión; el aire que Loren exhalaba erizaba aún más su piel. Como si lo entendiera, su pezón se alzó. Aron comenzó a respirar con más dificultad. —Lo estás haciendo a propósito. Le dio un golpe en la cabeza a Loren, pero este solo se acomodó. El pezón fue movido hacia un lado y Aron se tragó el gemido. Con sus manos, agarró el cabello de Loren hacia atrás con tanta fuerza que tuvo contemplado arrancar cada mechón. La cabeza de Loren era tan pesada que Aron no tuvo más opción que dejarla caer de vuelta en su pecho. —¡Loren! El regaño rugió como un eco. De pronto, los párpados de Loren se levantaron con suavidad. Parpadeó dos veces, intentando enfocar al hombre delante de él. —¡Quítate de encima! Loren obedeció. Su cuerpo tambaleante hizo el intento, pero el dolor en sus costillas había incrementado. Se desplomó y Aron tosió al recibir el golpe de su peso. Aron estaba por golpearlo, pero su mano se detuvo en el aire. El bello rostro de Loren estaba contraído, sufrido y adolorido, casi púrpura. Era obvio que el dolor en sus costillas no lo dejaba moverse con libertad. Aron soltó una maldición. Se quedó quieto, mientras Loren respiraba con dificultad. No podía negar su preocupación. Ahora mismo lo único que podía hacer era darle calor. Sus cuerpos pegados emanaban calor, un calor que en un momento para Aron se volvió sofocante. —Huele bien. La voz de Loren atravesó la audición de Aron. —¿Despertaste? No hubo respuesta. —Es dulce. —¿Qué? Aron alzó una ceja, confundido. ¿Acaso la fiebre le había quemado el cerebro? —Ugh... Dulce. Cuando Aron se movió para tocarle la frente y verificar si la fiebre había aumentado, de pronto sintió un frío recorrerle la espina dorsal. Loren sacó su lengua y lamió su pezón. Aron tembló y su espalda se arqueó. —Ahg... Maldito... Mgh. ¡Loren! Aunque gritó, Loren no se detuvo: chupó el pezón y lo soltó con un tentador rebote. Aron se cubrió los labios con una mano para contener sus gemidos, pero era imposible ignorar los sonidos húmedos y de succión que hacían los labios de Loren. Era un toque agresivo; la manera en la que mamaba reflejaba urgencia. Era obvio que este maldito estaba soñando con cosas pervertidas. Aron intentó empujarlo, pero el rostro de Loren se volvió rojo de dolor. No tenía la fuerza ni la voluntad de hacerlo. Se tragó los gemidos, cerró los ojos y, como si fuera un sueño, quiso pensar que todo era falso. Pero su sangre se calentó tan fuerte que el frío desapareció. Su m*****o se alzó, le dolía tanto que pensó en tocarse. Se sentía atontado, fuera de sí. Loren seguía chupando sus pezones, lamía la punta y presionaba hacia los lados como si se tratara de una canica. La punzada le recorría el cuerpo. El aire de la caverna parecía llenarse de vapor, y cuando Loren por fin dejó de atacarlos, la protuberancia se había vuelto tan sensible que el simple aire hacía que Aron se estremeciera. Entre la bruma, Loren afinó la vista. La visión borrosa de un Aron agitado y gimiendo dolorosamente contra la palma de su mano lo hizo parpadear varias veces. —¿Estoy soñando? Definitivamente era un sueño; de no ser así, era imposible que esta situación fuera cierta. Loren se restregó contra el pecho de Aron. El pezón hinchado provocaba una oleada de placer que lo hacía moverse con estrés de un lado a otro, rasgando su espalda contra el suelo. —Aron, ¿continúo? Mientras lo decía, Loren pasaba su mano por el abdomen de Aron en busca de sus partes íntimas. Fue entonces cuando Aron sintió cómo su erección fue sujeta. —Maldito... Para. —¿Por qué? Lo estás disfrutando. ¿Lo estaba disfrutando? Aron lo pensó mientras gemía entre convulsiones. Sí, era placentero. Tenía tantas ganas de correrse que podría permitir que Loren hiciera lo que quisiera con él. Ese pensamiento lo asustó. Aron empujó con fuerza a Loren. El cuerpo de este cayó hacia atrás. Cuando Aron intentó decir algo, las palabras se detuvieron. Loren había quedado desmayado. Aron ni siquiera entendía cómo es que había tenido la energía suficiente para hacerle todo eso. Se cubrió el rostro con las manos. No cruzar la línea. Ese era su pacto personal. Aron quiso maldecir, pero entonces, las luces de una linterna se movieron con rapidez. No pudo pensar más; se puso de pie arrastrando su pierna adolorida, tomó su ropa aún húmeda y se la encajó. —¡Aron! La voz de Henry apareció. —¡Aquí! —Maldito bastardo, estás vivo. Aron sonrió. —Lo mismo digo. Henry soltó una carcajada. —¿Loren está contigo? ... ... —¿Aron? —Sí. Está aquí. —Bien, quédense ahí. Aron terminó de acomodarse la camisa. Su pecho, tan sensible, ahora ardía con el contacto de la tela. Cuando miró hacia el cuerpo desplomado de Loren, tragó saliva. La erección de este parecía lista para ser usada; estaba incluso más hinchada que la primera vez que la vio. Aron, maldiciendo, pensó que Loren estaba listo para hacer algo más que mamarle los pechos. Quiso patearlo, pero ignoró su impulso. Tomó la ropa de Loren y le colocó el pantalón como pudo. Cuando una soga cayó desde arriba, Aron apenas estaba abotonando los botones de la camisa de Loren. —¡Los vamos a subir! —gritó Henry. —¡El canciller se rompió una costilla! Hubo silencio desde arriba. —¡Lo sujetaré, súbanlo primero a él! Viendo el cuerpo de Loren ser elevado, Aron miró alrededor. De alguna manera tenía que borrar esta noche de su memoria. CONTINUARÁ.
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