PARTE 20

1308 Words
La habitación era helada, fría y solitaria. La presencia de Rubí en su vida lo había malacostumbrado a la compañía. Pero en momentos como aquel, Aron recordaba lo que era la penitencia de la soledad. Se pasó una mano por el cabello. Se había casado con Rubí por mera conveniencia; de no ser así, la señora Rubí lo habría obligado a casarse con Loren, algo que simplemente no era posible. Rubí, como esposa, había cambiado su dinámica de vida. Pero con Loren, Aron estaba seguro de que todo sería un desastre: no sabría lo que era el autocontrol. Aron tenía claro que no le estaba permitido amar a nadie ni ser feliz; ese era su castigo por todo lo malo que había hecho en el pasado. Muchas veces, con el paso de los años, había intentado convencerse de dejar atrás sus culpas. Sin embargo, cuando León y Connor se casaron, aquel momento se convirtió en el más doloroso para él. Para su alma, fue como regresar al infierno y arder de nuevo en llamas. ¿Cuánto daño le había hecho a aquel hombre? De seguro había sido tanto como para que interviniera en su destino y en su derecho a amar. Cada vez que pensaba en ello, Aron entendía que debía redimirse; de lo contrario, jamás podría pasar la página. El problema era que estar frente a Rayan Clerefth era como revivir el infierno. No podía describir la ansiedad con la que su corazón latía, tan fuerte que parecía romper las paredes de su pecho; su aliento se agitaba hasta hacerle sentir que caería desmayado. Con ese tormento, lo único que pudo hacer fue huir cada vez que lo tuvo cerca. Después de eso, Rayan Clerefth regresó a su planeta y, desde entonces, Aron no había sabido nada más de él, salvo ciertos rumores: que se había casado y tenido hijos con el hermano de León. Habían pasado años, y ahora era el momento justo para olvidar. De seguro Rayan Clerefth ya había logrado perdonar y olvidar; ahora le tocaba a él. —¿Aron? Aron soltó un suspiro. Esta vez era Brian. Se habían estado turnando para molestarlo: desde Henry hasta Connor y Myli. Aunque sabía que lo hacían por preocupación, Aron deseaba que fueran más comprensivos y le dieran espacio. —No hables si no quieres, pero al menos come algo, ¿sí? Aron no respondió. No tenía hambre. Si decía abiertamente que no quería comida, solo levantaría sospechas, considerando que siempre había tenido un gran apetito. —Comeré después. —Es pie de limón. Aron dejó escapar una risita. Era su favorito. Se acercó a la puerta y la abrió. Estiró la mano hacia Brian. —Dámelo. Lo comeré. Brian se iluminó. —Lo preparó Claus. El cocinero de la fortaleza era, sin duda, el mejor que Aron había conocido en toda su vida. —Dale las gracias de mi parte. Con una sonrisa socarrona, Brian añadió con burla: —Claus dijo que lo visitaras más tarde. Aron sonrió con la misma picardía. Claus era de esas pocas personas a quienes Aron les hacía el favor de acostarse con él. —Estoy casado. Brian movió las manos como restándole importancia a esas palabras. —Todavía no es oficial. Aron negó con la cabeza y le cerró la puerta en la cara, provocando las protestas de Brian desde afuera. Observó el pie de limón, chistó y lo dejó a un lado antes de volver a perderse en la vista del ventanal de cristal. ... ... ... A la mañana siguiente, Aron despertó aún más confundido de lo que esperaba. ¿Qué demonios hacía en la fortaleza? Se había quedado con la excusa de vigilar al herido Loren, pero en realidad se había encerrado en aquella habitación sin cumplir su misión. Le ardía la cabeza por no haber dormido bien. Bajó en busca de una taza de té medicinal. Claus, al verlo, se emocionó. —Oh, ya estás despierto. Aron asintió. Claus, al notarlo mejor, sirvió con rapidez una taza de té klimer y se la entregó. —¿De nuevo no pudiste dormir? Aron volvió a asentir. Aquellas visitas matutinas a la cocina siempre eran por lo mismo: el té klimer le ayudaba a aliviar los constantes dolores de cabeza. —Deberías ir a un médico. Aron negó con calma. —Estoy bien. Claus mostró un gesto de preocupación. Aron llevaba años repitiendo esas palabras, pero nunca mejoraba. —Mmm… bueno, ¿irás a desayunar? Aron lo miró con sorpresa. —¿Sirvieron la mesa? —Sí, el canciller hoy despertó mejor. —¿Qué tan bien puede estar solo por una noche? Claus se encogió de hombros. A veces él mismo dudaba que el canciller fuera humano. —En fin, pediré que te pongan una silla en la mesa. Aron bebió su té con rapidez mientras levantaba la mano. —Déjalo, iré a casa por hoy. —Ah, cierto… estás casado. Aunque lo dijo con naturalidad, en sus palabras se percibió cierto resentimiento. Aron le dio un abrazo. —Pórtate bien. Las mejillas de Claus se tiñeron de rojo. Cuando Aron se marchó, Claus despertó del hechizo de aquel gesto. Le sonó a una despedida. Aron pensaba irse sin despedirse de nadie, pero regresó al comedor. Se quedó inmóvil al ver que no había solo las personas de siempre, sino tres más en la mesa. Como siempre, Loren estaba en la cabecera. Aron evitó mirarlo. Además de Connor, León, Brian y la señora Myli, había tres hombres más. Los reconoció enseguida: eran los tres ministros. Aron, con un dejo de asombro, se acercó con calma e hizo un saludo. —Disculpen la intromisión. Es un gusto volver a verlos. El ministro Eevan fue el primero en notar su presencia. —Aron Blackhole. Ha pasado un tiempo. Aron, incómodo, bajó la mirada hacia un lado. La última visita de Eevan había sido desastrosa: tuvieron sexo y después Aron lo rechazó. No fue una discusión discreta; todos escucharon los gritos de reclamo del ministro. Con cierto aire divertido, el ministro Roppyn se tocó la barbilla con expectación. —Escuché que te casaste, Aron. ¿Es cierto? Aron asintió. —¡Felicidades! —aplaudió Roppyn, mientras Eevan lo fulminaba con la mirada—. Debe de ser una persona encantadora. Creo que hablo por todos al decir que creímos que te casarías con alguien de esta mesa. Aron empezaba a fastidiarse. Eevan parecía complacido con aquellas palabras, sobre todo porque se dirigían hacia él. —¿Y quién es esa persona? —intervino el tercer ministro, sospechando de las indirectas—. Estoy casado, y tú también, Roppyn. —Oh, sí. Cinco años de matrimonio, amo a mi esposo. Aron suspiró mientras Roppyn dirigía la conversación hacia su feliz matrimonio. De pronto, sus ojos se cruzaron con los de Loren, que lo observaba fijo, como diciéndole: ¿Qué haces ahí parado? ¿No ibas a irte? Aron sabía lo mucho que Loren odiaba ese tipo de conversaciones. De repente, los ojos de Loren se abrieron de par en par y miró con furia a Roppyn. Aron siguió la dirección de su mirada. ¿Y ahora qué había dicho ese hombre? No había estado prestando atención y no entendía la tensión. —¿Qué acabas de decir, Roppyn? El hombre, como si nada hubiera pasado, se encogió de hombros y bebió con calma de su copa. —Nada que nadie de los presentes no sospechara ya. —Clavó su mirada en Aron con una sonrisa ladeada—. Todos pensamos que el señor Blackhole sería nuestro próximo consiglere. La bomba había sido lanzada. Consiglere: el puesto destinado a la pareja consorte del canciller. La palabra hacía referencia al consejero que debía ser apoyo en los asuntos de gobierno. Aron sintió que el dolor de cabeza volvía con fuerza. CONTINUARÁ...
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