Rubí miró a su alrededor. El lugar estaba vacío excepto por unos cuantos muebles. Esta no era la manera en la que espero pasar su primera noche en Bazari.
Aron la trajo y enseguida se fue. Era su trabajo y podía comprenderlo, aun así, no dejo de sentirse fastidiada. Las cosas no estaban saliendo como lo había planeado.
La mesa de madera, solitaria y sin vida. Rubí se sentó en ella y miró a su alrededor. Era un amplio lugar, pero vacío. Lujoso y espacioso. Los pocos muebles eran de última modernidad.
La primera fase de su plan era casarse con Aron. Al menos esa parte estaba resuelta, con algunos inconvenientes, sin embargo, Rubi no quería pensar en las malas posibilidades.
Ahora tenía que instalarse, crear un ambiente donde ella fuera el centro. Aron aún no la amaba, pero pronto lo haría. Es por eso que tenía que asegurarse de que su presencia en esta casa fuera inevitable.
Esperaba conseguirlo con la primera noche, pero el devoto Aron no pudo solo ignorar la integridad de Rubí.
Seguía fastidiada por eso.
Se había consagrado en cuerpo y alma para Aron, en ninguno de estos años había pensado en vivir con nadie más que no fuera Aron. De solo pensarlo sentía un estrujón en el pecho.
Para ser sincera, Rubí tenía todo. Solo por nacer con el sexo correcto había tenido todo desde su nacimiento. Talvez justo por eso estaba tan aferrada a tener a Aron para ella.
Rubí examinó su propio sentimiento, al menos un 5% era una leve obsesión, pero el resto estaba segura de que era amor. Haría cualquier cosa por Aron. Llegaría a cualquier desenlace con tal de tenerlo cerca.
Pudo haber recorrido a muchos trucos sucios, pero no lo hizo, quería que Aron la eligiera, que se enamorara de ella.
Rubí palmeó su pecho entusiasmada. Por Aron sería incluso una empleada. Este lugar necesitaba mucho arreglo, por suerte Aron le había dado su huella. Con eso podría comprar todo lo que quisiera sin necesidad de gastar de sus arcas.
“Este es tu hogar, haz los cambios que quieras”
Justo eso fue lo que Aron le dijo. Rubí no quería que Aron pensara que están con él por el dinero, es por eso que usaría su dote para comprar nuevos muebles y muchas cosas que harán de este lugar su hogar.
Un hermoso espacio donde recibirá a su esposo cada noche.
Rubí abrió las alacenas de la cocina. Había muchos alimentos, le cocinaría una buena comida a Aron para festejar su llegada a Bazari.
Antes de venir, había tomado cursos de cocina. Tenía mucha fé en ella.
… … …
El estruendoso ruido de la muchedumbre seguía resonando en sus oídos. Aron estaba acostumbrado a soportar este tipo de ambientes. Era normal, pero hoy se sentía ansioso.
Tenía cosas que hablar con el canciller.
—Aron. ¿Y tu esposa?
Aron, que hasta ese momento tenía un rostro impasible, de pronto respingo.
Henry ladeó el rostro. Luego lo comprendió.
—¡Dios, no me digas que aún no hablas con él!
Aron arrugó las facciones.
—Guarda silencio.
Henry de pronto sintió miedo. Loren era muy posesivo, aunque el 90% de las personas en el nido solo están como exhibición, una vez entran en el nido es difícil salir.
Normalmente, si salen es por un acuerdo. Loren suele intercambiar a sus consortes como si se tratara de premios. Aunque suene lastimero, la verdad es que este método se aplicó para que las bellas flores del nido no se secaran en la oscuridad.
Es por eso que Loren y Brian escogen pretendientes adecuados para aquellas personas. Sin embargo, es bastante estricto. Hay veces que Loren se empecina en no dejar ir a nadie.
—¿Estás nervioso, no?
Aron miró a Henry con poco entusiasmo. Aunque no estaba nervioso, admitía sentir incertidumbre.
—Aron. —la voz de Loren hizo que Aron y Henry se pusieran firmes. —¿Le hablaste a tu hermano sobre las reglas del nido?
Aron miró la espalda de Ixel.
—Lo hice.
—¿Y?
Ixel estaba escuchando, era incómodo no poder voltear y defenderse.
—Entendió todo.
—Bien.
La silla sonó más fuerte que la música. Loren se puso de pie, la música se detuvo, los murmullos cesaron.
Loren, de pie, miró hacia su izquierda. Ixel no se atrevió a alzar la mirada. Loren, sin mucho ánimo, extendió su malo hacia Ixel.
El pobre de Ixel tuvo que controlar su respiración. Se puso de pie. Todos en el salón tenían los ojos puestos en él, ya sea por envidia o enojo, pero la atención estaba en Ixel.
Cuando Ixel tomo la mano del canciller, este le hizo unas muecas para que caminara. Detrás de ellos, Henry y Aron caminaron por detrás hasta salir del salón.
Una vez las puertas se cerraron detrás de ellos, las manos grandes del canciller soltaron con un poco de brusquedad las manos de Ixel.
—Henry, lleva al joven Black a su dormitorio. Aron, tú irás conmigo.
Ixel puso un rostro de pánico, pero Aron y Henry no se inmutaron. El canciller casi nunca solía dormir la primera noche con sus consortes.
El canciller no dijo nada más. Con indiferencia paso al lado de Ixel, sin despedirse o dirigirle una mirada, el canciller se alejó por el pasillo. Aron negó con la cabeza. Palmeó el hombro de Ixel y siguió a Loren por el pasillo.
Ninguno dijo nada. El silencio incluso incómodo, parecía volverse helado a cada paso.
De pronto Loren habló con voz suave y lenta.
—¿Cómo estuvo tu viaje?
Aron ladeó el rostro. ¿El viaje? Desde cuándo el excéntrico canciller era tan calmado.
—Estuvo bien.
—¿Solo bien?
Aron, que odiaba la interrogativa, arrugó las facciones.
—Si hay algo que querías decir, dilo de inmediato.
Al escuchar aquello, Aron pensó. ¿Sabrá que me case?
—Si solo bien.
—Me informaron que trajiste una mujer contigo.
Y ahí está. El contraataque.
—Si vas a traer a alguien para que ayude en tus labores, debes pedir permiso ¿Lo olvidas?
—No la traje para eso.
La espalda de Loren tembló un poco. Sus pasos se detuvieron y Aron suspiró.
—Me casé con ella.
Loren se volteó abruptamente. La mirada sería analizó las facciones de Aron.
—¿Es broma?
—No.
—¿Y no pensaste en invitarme a tu boda?
Aron se encogió de hombros.
—¿Por qué haría algo como eso?
—¿Qué dices?
—Desde cuando asistes a las bodas de tus “sirvientes”.
Aron lo dijo con seriedad, sin mostrar ninguna emoción de por medio. La palabra sirviente era una palabra prohibida. Tenía sus orígenes y Aron solo la usaba cuando quería evitar conversaciones con Loren.
Loren miró estrictamente el rostro de Aron y después de soltar un suspiro siguió caminando.
—Deberías aprender el acto de perdonar.
—¿Por qué lo haría?
Loren negó con la cabeza. Al llegar a su dormitorio, Loren se dirigió hasta la mesita de licores. Sirvió dos copas.
—¿Una mujer? No pensé que tuvieras ese tipo de ambición.
Aron sostuvo la copa, bebió de ella y la dejo en la mesa.
—No seas así, bebe. Es tu noche de bodas ¿No? Al menos que ya hayas estado con ella. Eso es adulterio, sabías.
Aron, que seguía de pie, miró al cielo de la habitación.
—No todos somos como tú.
Loren soltó una carcajada.
—Sí, estoy obligado a cogerme a mis consortes, eso no significa que sea un sinvergüenza. No cojo con nadie que no lo quiera.
Aron blanqueó los ojos.
—En fin. Necesito que pongas tu sello en el registro.
—¿Por qué lo haría? —Loren bebió nuevamente dejando la copa vacía.
—¿Existe una razón por la cual te negarías?
Loren miró hacia un lado.
—Eres mi primer amor. ¿Por qué te dejaría en libertad?
Aron de pronto se sintió cansado. Loren siempre tenía las palabras correctas para molestarlo. Aron se sentó en la silla de al frente, se regó en ella. Sus articulaciones se sentían cansadas. Llevaba al menos una semana sin descansar adecuadamente, ahora solo quería dormir.
—Deja de decir tonterías.
—Digo la verdad. He tenido muchos amores en mi vida, pero siempre serás el primero.
Aron cerró los ojos. Podía quedarse dormido aquí mismo.
—Le dices eso a todos tus amantes.
Aron sabía lo caprichoso que podía ser Loren, era el hombre que siempre que se obsesiona con una persona hace de todo por tenerlo cerca. Era curioso como todos anhelan ser el amor de Loren, pero una vez opinen un gramo de su obsesión se alejan y suplican por su vida.
Era normal que quieran huir, la manera de amar de Loren era bastante alocada.
—Y si no firmo.
Aron abrió un solo ojo con pereza. Bostezó y volvió a cerrarlo.
—¿Qué quieres que haga? Solo dilo rápido.
Si se negaba era obvio que algo quería de Aron.
—Si me la presentas, puede que lo piense.
Aron asintió.
—Bien, así lo haremos.
El rostro de Loren se puso rígido, serio y muy pero muy fastidiado.
—Seguro que quieres hacer eso.
—No seas fastidioso, Loren. Si lo que quieres es burlarte mejor déjalo.
Loren tenía una condición. Cuando uno de sus cachorros se casaba solía hacer su jugada. Conocía al pretendiente y le ofrecía todo, dinero y un puesto en su nido siempre y cuando esa boda no se realizará. Muchos de aquellos aceptaban, llenos de ambición, llenos de deseos, por creerse merecedores de ser el próximo amor del canciller.
—No tienes miedo de que te abandone.
Aron se puso pie y se encogió de hombros.
—Es su elección. Y en todo caso me harías un favor.
—Así.
—Si el amor de esa chica es tan frágil como para ser manipulado por un extra, entonces, no es merecedora de hacerme perder mi tiempo. —Aron abrió la puerta y miró de reojo a Loren. —De seguro que alguien con esos ideales encajaría a la perfección a tu lado ¿No canciller?
Los ojos centelleantes de Aron parecían brillar con ese celeste abrumador. La puerta se cerró y el canciller, aun en su puesto, se quedó estoico.
—Ahhh, ¡Que fastidio!
CONTINUARÁ.