El aire húmedo y cálido de la tarde contrastaba con la frescura del aeropuerto. Afuera, el sol resplandecía sobre los cristales de los autos estacionados, pero dentro del salón de llegadas reinaba un murmullo constante viajeros arrastrando maletas. Y familia esperando por ellos. Y ahí iba.
Luiggina Lombardi. Regresaba de uno de sus tantos viajes que hacía cada ves que estaba de vacaciones. Está vez regresaba de Dubai.
—Bienvenida mi hermosa princesa. —saludó Lucciano recibió a su hija. Ella corrió a sus brazos, y enredando sus piernas en su cintura.
—¡Papu! —la voz clara resonó alegre entre la multitud.
Luiggina, con su melena rubia ondeando al ritmo de sus pasos apresurados, dejó caer la mochila que llevaba sobre un hombro y corrió a los brazos de su padre. Lucciano la recibió con fuerza, levantándola del suelo como cuando era una niña. Ella, sin pensarlo, enredó las piernas en su cintura y comenzó a llenar su rostro de besos, como si quisiera recuperar en un solo segundo todos los días de ausencia.
—Bienvenida, mi hermosa princesa —murmuró él, con la voz cargada de emoción.
Ella lo miró a los ojos y sonrió. Siempre había sido su héroe, su cómplice, el primero en celebrar sus victorias y el último en abandonarla en cada una de sus caída.
—¡Papu, te extrañé tanto!
—Veo que para mí no hay el mismo cariño… —la frase, dicha con un dejo de dramatismo, provocó una carcajada en ambos.
La voz provenía de detrás de Luciano. Era Luggina, la madre, vestida con elegancia sencilla, como quien sabe que no necesita de adornos para brillar.
—¡Mamá! —exclamó la muchacha, bajando al fin de los brazos de su padre para correr hacia ella.
Se abrazaron por largo rato, estrechamente, en un gesto que decía más que mil palabras. Luggina la acarició con ternura, respirando el aroma del perfume que su hija traía traía de Dubái.
—Gracias por cuidar de mi niña, Elián —dijo la madre al joven que aguardaba unos pasos atrás.
Elián Rogers, de ojos claros y sonrisa encantadora, levantó una mano en señal de saludo.
—Siempre me sumo a sus locuras —respondió sonriendo con naturalidad.
Luiggina lo miró con complicidad, como quien guarda secretos compartidos. Había sido su compañero en más de una travesía, el amigo y cómplice que decía que sí a todas sus aventuras.
Salieron juntos del aeropuerto. Afuera, un auto n***o esperaba en la zona exclusiva, listo para llevarlos al hotel. El conductor, vestido de traje impecable, abrió la puerta trasera y todos subieron.
El trayecto fue un torrente de conversaciones, anécdotas del paseo y viaje, recuerdos de viajes pasados, y las inevitables preguntas de los padres sobre comida, salud, horarios de medicina y de sueño.
Pero en el fondo, todos sabían que la verdadera razón del regreso no era el fin de las vacaciones, sino algo mucho más especial, el cumpleaños número diecinueve de Luiggina Lombardi.
La camioneta se detuvo frente a uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad. Los cristales reflejaban la puesta de sol, y el nombre dorado brillaba en letras elegantes. Entraron al ascensor, max puertas metálicas se cerraron. Subieron hasta el piso veinticinco, donde un salón había sido preparado con cada detalle, al gusto de Luiggina.
Al abrirse las puertas, Luiggina quedó sin palabras.
El lugar estaba iluminado por cientos de luces que parecían estrellas en el aire. Las mesas estaban decoradas con centros de flores blancas y doradas, y en el centro una pista de baile brillante. Un enorme mural proyectaba fotografías de ella desde su infancia hasta la actualidad y todos sus aventuras, su primer día de escuela, el viaje a París, el verano en Grecia, y la más reciente, una imagen de Dubái con el Burj Khalifa de fondo.
—Oh, mamá, papu… esto es demasiado. —dijo con lágrimas en los ojos.
—Nada es demasiado para mi princesa, mi hija. —contestó Lucciano, orgulloso de ella.
—Tu vestido está en tu habitación. —le recordó su madre con una sonrisa.
Ella asintió y subió a cambiarse. Mientras tanto, los invitados comenzaban a llegar, amigos de la universidad, familiares, socios de la familia Lombardi y sobre todo: los abuelos Stefano y Pierina. Entre risas y copas, el ambiente se llenaba de expectativa.
Elián la esperó cerca de la escalera, consciente de que él también formaba parte de ese día. Aunque no era familia de sangre era su médico personal, y más que eso. Era su mejor amigo a pesar de las diferencia de edad. La cercanía que había cultivado con Luiggina lo hacía sentir como un hermano mayor… o tal vez algo más, aunque nunca lo había confesado.
Luiggina fue a su habitación, dónde la estaba el personal de estética, arreglaron su cabello resaltaron su belleza, y su vestido un sueño.
Cuando finalmente apareció, todos contuvieron la respiración.
El vestido era de seda, de un hermoso color marfil, ajustado a la cintura y con una falda que caía como cascada hasta el suelo. Sus hombros desnudos brillaban bajo la luz, y su cabello, recogido en un moño bajo, estaba adornado con un delicado broche dorado.
—¡Luiggina! —exclamaron varias voces al unísono. Incluído Elián. Que la miró deleitado por su belleza.
Ella sonrió, algo tímida, y bajó los escalones con gracia. Lucciano la tomó de la mano y la llevó al centro del salón.
—Mi princesa está cumpliendo diecinueve años. —anunció Luciano, orgulloso. Y continuó.
—Y quiero que todos sean testigos de la mujer maravillosa en la que se está convirtiendo.
Los aplausos resonaron. Elián la observaba sin perder detalle, mientras la música comenzaba a llenar el aire.
Luiggina empezó el baile con su padre, después con su abuelo. Y luego sus hermanos. Eitan Lucciano, Eliel Alessandro y Darién Stefano. Sus hermanos mellizos.
Elián la miró y sonrió, ella caminó a su encuentro, lo tomó de la mano y salieron a la pista.
—Ve... Vamos a bailar. —fikl ella y el la abrazó por la cintura.
—¿Estás feliz? —le preguntó Elián.
—Mucho. No me esperaba nada de esto. A veces siento que no merezco tanto. —respondió ella mirando a su alrededor iluminado.
—No digas eso —replicó él con firmeza.
—Te mereces todo lo bueno que la vida pueda darte, y más.
Ella lo miró fijamente. Había algo en sus ojos que la hacía sentir segura.
—Gracias, Elián. Siempre estás aquí.
Él sonrió, pero no se atrevió a decir lo que pensaba.
El banquete fue servido. Platos italianos se alternaban en un festín preparado por los mejores chefs. Luiggina, aunque emocionada, apenas probaba bocado; estaba demasiado ocupada saludando a todos, recibiendo abrazos y escuchando felicitaciones.
Llegó el momento más esperado. El brindis. Lucciano levantó su copa y pidió silencio.
—Hoy mi hija cumple diecinueve años. No puedo estar más orgulloso de verla crecer con tanta valentía, inteligencia y corazón. Quiero que sepas, Luiggina, que siempre tendrás en nosotros un hogar. Que el mundo puede ser enorme y complicado, pero tu familia siempre estará aquí para ti.
Las lágrimas asomaron en los ojos de la Hanna. Si corazón se estrujó ante esas palabras.
Su madre también habló.
—Hija, desde que naciste... bueno. Nacieron ustedes cuatro, mi vida se llenó de luz. Eres mi compañera, mi amiga y mi ejemplo. Nunca olvides que lo que más deseo es verte feliz, con la libertad de seguir tus sueños.
Luiggina sintió estremecer su corazón, miró a Elián y el, enjuagó una lágrima que rodó por su mejilla.
—Salud mi hermosa. —dijo Elián chocando sj copa con la de ella.
Los invitados chocaron las copas, y el ambiente se tiñó de emoción.
Cuando parecía que todo había terminado, las luces del salón se apagaron de golpe. Un murmullo de sorpresa recorrió a los presentes.
De pronto, un haz de luz iluminó el escenario, donde apareció un piano blanco. Un joven comenzó a tocar una melodía suave, y la pantalla gigante proyectó un video, imágenes de Luiggina en sus viajes, en sus risas espontáneas, en momentos íntimos que solo sus padres habían guardado con cuidado.
—Mamá… Papu… —susurró ella conmovida.
—Nunca ví esos vídeos. —habló riendo.
Y entonces, la sorpresa final. Un grupo de bailarines entró en la pista y comenzó a danzar una coreografía inspirada en Dubái, mezclando música árabe con toques modernos. Luiggina no podía creerlo.
—Esto es… ¡increíble!. —dijo entrelazando sus por la emoción y una gran sonrisa de felicidad.
El público aplaudía al ritmo de la música. Uno de los bailarines la llevó a media pista, la sentaron en una silla y cada uno hizo su show frente a ella.
Cuando el show terminó, un pastel de varios pisos apareció rodando hacia el centro, coronado por el número 19 en velas doradas.
Todos los presentes corearon el “feliz cumpleaños”, ella caminó despacio, discretamente deslizó si dedo sobre el pastel y lo probó.
—Está delicioso. —dijo, y sopló las velas con los ojos cerrados, pidiendo un deseo que no reveló a nadie.
"Por favor, tiempo para vivir mi amor el amor de mi vida."
Todos aplaudieron y felicitaron a Luiggina.
La fiesta continuó hasta altas horas. Entre los invitados habían amigos que no veía hacía tiempo, y uno en particular llamó su atención. Matteo di María, hijo de un viejo amigo de su padrino, Miguel Ángel La Russo.
—Luiggina… ¿me recuerdas? —dijo acercándose con una sonrisa encantadora.
—Claro que sí, Matteo. Hace años que no nos veíamos. Desde la escuela en Bora Bora.
—Demasiado tiempo, no creí encontrarte. Has cambiado mucho… para bien.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó.
Ella rió nerviosa, era el niño que siempre le hacía bullying. Elián, que observaba a lo lejos, sintió un extraño nudo en el estómago.
—Negocios de mi padre con los La Russo.. ¿Bailas? —preguntó Matteo extendiendo la mano.
Luiggina aceptó. La música lenta los envolvió, y los dos comenzaron a moverse en perfecta sincronía.
—Quiero pedirte disculpas por volo me porte de niño.
—Tu lo has dicho. Erasmo niños.
—Entonces. ¿Amigos?
—Si... Amigos. —resplndió y continuaron bailando.
Elián apartó la mirada. Sabía que no tenía derecho a sentirse celoso, pero no podía evitarlo.
A la medianoche, la ciudad seguía despierta, pero en el salón la fiesta comenzaba a quedar vacío. Muchos invitados se retiraban, agradecidos por la velada.
Luiggina salió a la terraza en busca de aire fresco. El viento nocturno le acarició el rostro.
Elián la encontró allí, en silencio.
—¿Qué pediste al soplar las velas? —preguntó él con suavidad.
Ella sonrió misteriosa.
—Si lo digo, no se cumple.
—Entonces guardaré el secreto contigo. Cómo siempre.
Ella se abrazó a Elián.
—Gracias por estar, Elián. De verdad.
—Siempre —respondió él. Correspondiendo a ese abrazo que lo sintió diferente.
Y en ese instante, aunque ninguno lo dijo en voz alta, algo empezó a cambiar en él.
Luiggina parpadeó y sonrió.
—No me mires así.
—Estas hermosa esta noche.
—Elián...
—Luiggina. Déjame estar a tu lado. Siempre.
—Elián. Eres un gran amigo. Ees mi confidente y sabes.
—Y sino lo encuentras.
—Lo haré, lo encontraré. Ya estoy en eso. Sabes que no tengo tiempo.
Esas palabras rompieron el corazón de Elián. No era amor de hermano, al ver a Luiggina con Matteo. Lo supo. Amaba a Luiggina aunque estaba consiente de que ella amaba a otro.
Ella suspiró profundo, miró las luces de la ciudad. Ella se giró para quedar frente a él.
—Elián. Voy hacer un viaje. El íntimo viaje. Y en este no podrás acompañarme.
—¿Porqué? ¿Cómo que el último viaje?
Luiggina parpadeó sintiendo pesar al tener que responder esas preguntas.
Se miraron en silencio, con la complicidad de quienes comparten mucho más que viajes y secretos.