El rostro de Sofía palideció enseguida. Un nudo se posó en su garganta, casi no podía respirar y las palabras parecían no querer salir. Se puso de pie de un brinco, y con las manos temblorosas tomó el teléfono del suelo. —No vuelvas a tomar mis cosas, ¿me oyes? Es mi privacidad, no tienes derecho a hacerlo, ¿quién te crees que eres? Lombardi apretó la mandíbula. Sabía que lo que había hecho estaba mal, pero quería saber de los labios de Sofía una respuesta. —Responde Sofía, ¿son tus hijos? ¿Los niños que viven en tu casa son tuyos? Los labios de Sofía comenzaron a temblar, si no tuviera voluntad propia para contenerse, reventaría en llanto en ese momento. —¿Cómo sabes que viven unos niños en mi casa? —preguntó ella haciendo notar molestia. Alejando se volteó para no ver el rostro d

