Greta la observó desde el vestíbulo. No había tenido muchas interacciones con su suegra, pero sabía que esa mujer era una figura formidable en el mundo de los Gambino, y, por ende, también en el de Vicenzo. Cuando la figura de la mujer apareció en el umbral, Greta sintió un extraño alivio y temor a la vez. La madre de Vicenzo no era imponente en altura, pero la rectitud de su postura, el cabello perfectamente recogido en un moño y el frío destello de inteligencia en sus ojos transmitían una presencia que no necesitaba palabras para hacerse notar. Vicenzo, acudió al vestíbulo de inmediato. Su expresión fría y controlada, tan habitual en él, se suavizó al instante, y Greta observó, sorprendida, cómo una especie de respeto –algo casi desconocido en él– se reflejaba en su rostro al verla.

