El sol se filtraba suavemente por los amplios ventanales de la mansión Gambino. Greta observaba a su hijo dormir en sus brazos, su pequeño pecho subía y bajaba con un ritmo pausado y tranquilo. Tan indefenso. Tan ajeno al caos en el que había nacido. Un suave golpeteo en la puerta la sacó de sus pensamientos. —¿Puedo pasar? —La voz de la madre de Vicenzo, sonó serena, pero firme. Greta tensó los labios, sintiendo todavía la distancia entre ambas. Ella había sido un pilar en la familia Gambino, una mujer fuerte, respetada y con un carácter de hierro. La clase de mujer que nunca habría aprobado a alguien como Greta, pero que por amor a su hijo había dejado entrar a la familia, sin saber que ella era una espía. Greta asintió lentamente, permitiéndole entrar. La mujer cerró la puerta tras

