Su toque comenzó en su cuello, descendiendo con una lentitud exasperante, como si estuviera reclamando cada centímetro de ella. Greta intentó retroceder, pero la pared seguía siendo su única barrera, y el cuerpo de Vicenzo la mantenía cautiva en su lugar. —Vicenzo… —su voz era apenas un susurro ahogado. Pero él no respondió. En lugar de palabras, dejó que sus dedos hablaran, explorando con una audacia calculada. Rozaron la piel expuesta de su clavícula, y luego se movieron hacia abajo, deslizando el borde de la tela de su vestido como si estuviera considerando cuánto más podría reclamar antes de que ella se rompiera. Greta sintió un temblor recorrer su cuerpo, una mezcla de pánico y una sensación que no quería admitir. La cercanía de Vicenzo era asfixiante, su control absoluto sobre la

