El orfanato de San Michele parecía estar suspendido en el tiempo. Cada rincón de sus muros grises contaba historias de sufrimiento y abandono, pero también albergaba un extraño calor que Greta no esperaba encontrar. Aunque el ambiente era lúgubre, los niños llenaban los espacios con risas esporádicas y miradas curiosas. El trabajo era duro y las horas interminables. Desde el amanecer hasta bien entrada la noche, Greta fregaba pisos, preparaba comidas simples y atendía a los niños más pequeños, muchos de los cuales buscaban consuelo en sus brazos. Algunos eran dulces y afectuosos, como Matteo, un niño de seis años que la seguía como una sombra, llamándola "mamma Greta". Otros, como Bianca, una niña de ojos oscuros y serios, apenas le dirigían la palabra. —Te acostumbrarás a ellos con el t

