UN AÑO DESPUÉS. El sol caía con suavidad a través de los vitrales de la fachada del orfanato, proyectando tonos cálidos que contrastaban con el frío ambiente del lugar. Greta estaba de pie frente a una cama, acariciando la mejilla de un pequeño niño de cabello oscuro y ojos grandes que la miraba con una mezcla de miedo y curiosidad. —Shh, cariño —susurró Greta mientras el niño se encogía contra la manta que lo cubría—. Nadie te hará daño aquí, lo prometo. Aunque sus palabras eran reconfortantes, su voz estaba cargada de tristeza. Se llamaba Mateo, un niño de apenas dos años que había llegado al orfanato semanas atrás, después de que una banda criminal asesinara a sus padres frente a él. Mateo no hablaba desde entonces, pero seguía a Greta como una sombra, como si encontrara en ella e

