50. Nunca. Vicente me mira, su rostro una mezcla de furia y dudas. Pero antes de que pueda decir algo, otro hombre entra corriendo. —¡Vicente! —grita, casi sin aliento—. Acaban de atacar la casa de tu madre. Vicente se congela. El aire en la habitación parece detenerse, y por primera vez, lo veo realmente afectado. No es el imperio, no son los almacenes, ni siquiera su orgullo. Es su madre. Y ahí es cuando lo sé: la Reina ha ganado esta ronda. Pero lo que no sabe es que su movimiento inesperado también ha abierto una puerta que ni siquiera ella puede controlar. Porque Vicente, cuando es herido de verdad, se convierte en alguien que no puedes detener. Se gira hacia mí lentamente, sus ojos ahora fríos como el hielo. —Esto no ha terminado —dice, su voz más peligrosa que nunca—. Ni conti

