El eco de la risa de Luca se disuelve lentamente en el aire pesado de la fábrica, como si las paredes mismas se burlaran de nosotros. Vicente se queda quieto, con esa calma inquebrantable que siempre me ha puesto los nervios de punta. En cambio, yo siento el pulso en las sienes, cada latido como un recordatorio de que no tenemos tiempo que perder. —Valeria, no te separes de mí. —Su voz suena baja, como un susurro cargado de una advertencia. No es una petición, es una orden. —¿De verdad crees que voy a ser la chica que se queda atrás? —respondo, arqueando una ceja y apuntando con mi arma hacia la penumbra—. Eso es tan... 1980, Vicente. Él suelta una breve carcajada, un sonido casi extraño en medio del caos. Es ese toque de ironía lo que me hace quererlo y odiarlo a partes iguales. Pero a

