La adrenalina en mi cuerpo lo nubla todo. No puedo pensar. No puedo procesar lo que está pasando. Solo sé que el hombre que amo está sangrando delante de mí, y no sé qué hacer para detenerlo. Vicente me mira, sus ojos llenos de algo que no había visto antes. No es miedo, ni dolor, sino resignación. Como si ya hubiera aceptado su destino. Y esa mirada, esa maldita mirada, me destroza. —Valeria... —comienza, pero su voz se quiebra, su mano temblorosa alza la pistola, disparando a uno de los hombres que se acerca demasiado. El hombre cae al suelo con un sonido sordo, pero Vicente apenas puede sostener el arma ahora. —¡No digas nada! —Lo interrumpo—. ¡No te atrevas a decir algo dramático, no vas a morir aquí! ¡Tienes que aguantar! —Ya no hay tiempo..., —murmura, y siento que mi corazón se

