Diego, parado en la parte más interna de la capilla, saluda a una de sus primas, luego del típico abrazo de condolencia, se separan y ella se va por su lado, pero el hombre queda estupefacto. Ahí, en la puerta, con su sonrisa burlona de siempre... Raissa Vrsalovic. Cierra los ojos rogando que solo sea una alucinación, pero al abrirlos, ella está parada justo frente a él, contemplándolo. No es una ilusión. ―¿Qué quieres? ―pregunta cortante. ―Vine a darte el pésame ―responde con una hipócrita sonrisa. ―Gracias ―acepta él con sequedad. ―¿Cómo has estado, querido? ―¿Cómo crees? ―replica él abarcando el lugar con su mirada. ―No tienes por qué comportarte así conmigo, yo no soy mi hermano, no voy a hacerte nada, no muerdo. Bueno, sí, pero recuerdo que te gustaba cuando lo hacía ―son

