Isabella se acercó a Michelle con calma y la arrastró hasta la línea de salida. —Ahora, quítate la ropa. Te haré un favor y te dejaré quedarte con la ropa interior. —Su voz sonó cortante—. ¡Empieza a correr! Con la vista empañada por la lluvia y las lágrimas, Michelle se dejó caer de rodillas. —¿No puedes dejarlo pasar? Ya ganaste la motocicleta… ¿por qué tienes que hacerme esto? Isabella rió por lo bajo. —Fuiste tú quien pidió la apuesta, y ambas acordamos los términos. ¿Quieres que ponga la grabación? Encendió el teléfono y reprodujo el audio, donde la voz de Michelle dejaba claras las reglas. —¡Sí, lo pedí! —chilló Michelle, histérica—. ¡Pero sigo siendo una niña! ¡Me condenarás si corro desnuda delante de todos! —No, eso no es verdad. —La mirada de Isabella se volvió más fría—.

