Junto con esa cómoda silla, todo lo que Isabella necesitaba llevar era su termo y su teléfono. Al ver la espalda de Alexander cargando tanto la silla como su mochila, se sintió un poco incómoda de aceptar tanta complacencia. James, que había sido ignorado todo el tiempo, se preguntaba con desesperación: ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo aquí? Debía de estar ciego o loco; de otro modo, sería imposible creer lo que veía: el arrogante y noble Alexander mostrándose tan servicial con Isabella .No, lo correcto era pensar que Isabella había conquistado a Alexander con sus encantos. Estaba convencido de ello. Por eso decidió seguirlos de cerca: quizá ella necesitaría que le rellenaran el termo de agua o de te o alguien que la acompañara a correr. --- A Isabella le encantó el lug

