—Ana Star —la llamó Adriana con una voz ronca y apagada. Ana parpadeó, regresando de sus pensamientos. Se enderezó en el sofá, forzando una sonrisa y exclamó con entusiasmo fingido: —¡Mamá, has vuelto! Adriana la observó con una calma extraña, sus ojos tranquilos pero fríos, y esa mirada bastó para que Ana sintiera cómo el miedo le recorría todo el cuerpo. Un mal presentimiento comenzó a apoderarse de su pecho, extendiéndose como una sombra. —¿Mamá? ¿Por qué me miras así? —preguntó con voz temblorosa. Adriana suspiró, exhausta. —No me llames mamá —dijo con firmeza—. No soy tu madre. No tenemos ningún lazo de sangre. Las palabras cayeron como un golpe seco. El presentimiento de Ana se volvió realidad. Se levantó bruscamente, los ojos muy abiertos y la voz quebrada: —¿De qué estás

