Alexander levantó la vista del teléfono y fijó sus ojos en la princesa. Su mirada era tan fría y penetrante que ella quedó paralizada al instante. En la empresa, Alexander solía vestir trajes de sastre en tonos claros, impecablemente elegantes. En ese momento, estaba reclinando en su silla ejecutiva, con los codos apoyados en los reposabrazos y una pierna cruzada sobre la otra. Aun en una postura relajada, emanaba una autoridad imponente, una presencia tan dominante que llenaba toda la habitación. La princesa no pudo evitar observarlo detenidamente. El rostro de Alexander era sereno pero intimidante, con rasgos definidos, una nariz recta y una línea de labios delgada que rara vez sonreía. Sus ojos… eran como un lago helado, profundos y enigmáticos, capaces de hacer temblar incluso a

