Chelsea había despedido a la enfermera horas antes, convencida de que podía arreglárselas sola. Pero ahora, mientras miraba el suelo mojado y los restos del vaso roto, comprendía que quizá debía haberla dejado quedarse. Suspiró con frustración y estaba a punto de tocar el timbre cuando la puerta de la habitación se abrió. Una figura alta entró, y la luz del pasillo iluminó su silueta. Llevaba una lonchera en la mano. El empaque le resultó tan familiar que, de inmediato, reconoció que la comida provenía del restaurante que solía frecuentar. Chelsea ni siquiera miró al hombre al principio; sus ojos se clavaron en la lonchera, y tragó saliva sin darse cuenta. Había intentado ser fuerte, no decirle a nadie que estaba hospitalizada, soportar todo sola… pero ahora, el hambre la estaba vencie

