—Además —dijo Isabella con una sonrisa helada—, el único payaso que jugué en la palma de mi mano fuiste tú. Me robaste diecinueve años de vida, y aun así no estabas satisfecha… falsa princesa. Las tres últimas palabras salieron de sus labios lentamente, con un tono ascendente cargado de sarcasmo y desprecio. Esa expresión, esa voz, encajaban perfectamente con ella: una belleza impecable con un corazón tan frío que podía helar la sangre. Ana se quedó petrificada por un instante; luego el pánico se apoderó de ella. El sudor le perló la frente, las manos le temblaban. ¡Este… este es el verdadero rostro de Isabella! Siempre había creído que Isabella era perfecta, amable, dulce. Pero ahora comprendía que aquella perfección era solo una máscara. Por dentro… era aterradoramente lúcida, pel

