—Alexander, si te atreves a hacerlo otra vez, te inhabilitaré —amenazó Isabella con el rostro completamente serio. Alexander, abrumado por la felicidad, sonrió y prometió con aparente sinceridad: —De acuerdo, no lo haré. Claro que no serían tres días, sino dos días y veintitrés horas con cincuenta y nueve minutos como máximo. Cumpliría su promesa… a su manera. Si tuviera cola, sería como la de un lobo gris, moviéndose alegremente de un lado a otro. Isabella alzó la vista. Sintió que Alexander estaba pensando algo malicioso detrás de esa sonrisa satisfecha, pero no tenía cómo probarlo. Una vez más, él había cedido, consintiéndola con docilidad. Después de pensarlo, estiró la mano y lo pellizcó con fuerza en el brazo. —No te rías más —le advirtió. Alexander soltó las manos y ella cas

