Ella había estado descansando allí. Debido a la cortina, Lily no la había notado antes. En ese momento, la cortina se levantó y sus miradas se cruzaron. La expresión cruel de Lily quedó al descubierto. Sentada en una silla, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas frente al pecho, Molly irradiaba una autoridad natural. La miró como si observara a una hormiga. —Inútil plagiaria —dijo con frialdad—. ¿Cómo piensas quitarme de mi puesto? Vamos, cuéntame tu despreciable plan. Te escucho. El rostro de Lily se congeló. Forzándose a hablar, dijo: —Yo no plagié. ¡No me hagas daño! —¿Ah, sí? —Molly soltó una risa desdeñosa—. Tú misma sabes si plagiaste o no. El año pasado, en el Concurso Internacional de Diseño de Moda, la víctima retiró la denuncia, y por eso sigues libre. Si no fuera p

