“Ha sido fiel durante tanto tiempo… supongo que se merece un abrazo para calmar su sed”, pensó Isabella con una sonrisa traviesa. Tan pronto como volvió al trabajo, se concentró tanto que el tiempo voló. Cuando alzó la vista, ya eran las dos de la madrugada. Se estiró con pereza y, al mover la mano, golpeó algo. Al girarse, se dio cuenta de que Alexander seguía allí, dormido en el sofá junto a ella. Estaba profundamente dormido, con una expresión tranquila. Se notaba que el cansancio lo había vencido. Tenía el rostro relajado, y las largas pestañas proyectaban sombras suaves bajo sus ojos, dándole un aire más hogareño y dulce que el de su habitual frialdad elegante. Frío y sexy… qué hombre tan extraño, pensó Isabella. Pero frunció el ceño de inmediato. ¿Eso es… saliva? ¿Estaba bab

