No dijo más. Dio media vuelta y salió de la habitación con pasos secos, dejando tras de sí un silencio tenso que se clavó en las paredes de piedra como un cuchillo. … El despacho de Shura era un santuario. La única luz provenía de una lámpara de escritorio. Allí, entre retratos antiguos y armas exhibidas como reliquias, Ophelia aguardaba de pie, con los brazos cruzados y el mentón elevado. Shura entró después de ella, aún con la camisa desabotonada en el cuello, sin prisa, como si nada en el mundo pudiera sacarlo de su calma. Cerró la puerta con un giro seco de la llave y caminó hacia el escritorio. —Habla —ordenó, dejándose caer en el sillón de cuero. —Acostarte con esa chica es una estupidez. Lo sabes. Shura se recostó en la silla, entrelazando los dedos. En esa postura de rey en s

