12 años atrás. El comedor principal de la mansión Lancaster brillaba esa noche como un templo de cristal y oro. Las lámparas colgaban del techo, iluminando la larga mesa repleta de copas de vino, platos de porcelana y cubiertos que parecían recién sacados de un museo. Ava tenía nueve años. Vestía un simple vestido gris, demasiado corto para sus piernas, remendado por una de las sirvientas. Sus pies iban desnudos, y el frío de la cerámica se le filtraba en los huesos. En las manos sostenía una bandeja plateada más grande que su propio torso, con copas de cristal que tintineaban con cada paso que daba. —No derrames nada, mocosa —le había dicho su madrastra, momentos antes, apretándole la barbilla con uñas pintadas de rojo—. Si arruinas esta cena, juro que te encierro una semana en el sót

