Sus dedos comenzaron a moverse, frotando ese punto interno que hizo que sus ojos se volvieran blancos. Ava perdió el control. Sus caderas comenzaron a moverse contra su boca, buscando más, necesitando más. —Sí, así —lo alentó él, con la voz ronca y distorsionada—. Usa mi boca. Así me gusta. Sucio. El sonido húmedo, obsceno, de su lengua y sus dedos moviéndose dentro de ella llenó la cámara. Ava ya no suplicaba, gemía, una letanía de “sí” y “más” que parecían enfurecerlo de placer. —¿De quién es este sabor? —preguntó de pronto, deteniéndose. Su mirada gris era implacable—. Dímelo. —Tuyo… —jadeó ella, deshecha. —No te oigo. —¡Es tuyo, Shura! —gritó, con lágrimas de frustración y éxtasis en los ojos. —Correcto. Y con esa palabra, redobló sus esfuerzos. Su lengua se volvió un látigo so

