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1443 Words

Ava seguía temblando, acorralada entre las sábanas revueltas y la mirada de Shura, que la atravesaba como una sentencia. —Obedéceme. —ordenó con calma—. Muéstrame cómo te diste placer. Ava negó. Shura sonrió, lento, oscuro, como un lobo que disfruta la resistencia de su presa. Se inclinó sobre ella hasta que el metal frío del collar rozó sus labios. —Entonces sufrirás el castigo. —Su voz se volvió un murmullo ardiente contra su piel—. Y créeme, Ava, no será misericordioso. Un estremecimiento la recorrió entera. La idea de ese castigo, de ser empujada aún más allá de lo que conocía, la encendía de una manera que no quería admitir. Shura se echó hacia atrás, dándole espacio, como si le ofreciera la cuerda para ahorcarse sola. —Elige. —dijo, como un rey que dicta leyes—. O me obedeces…

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