La noche se cernía sobre la casa como un manto pesado, sofocante. La luz de la luna se filtraba por la ventana abierta, tiñendo de plata los muebles de la habitación y reflejándose en el suelo de madera. Un viento frío entraba en ráfagas suaves, trayendo consigo el aroma del bosque y el sonido lejano de las hojas meciéndose bajo el cielo estrellado. Todo estaba listo. La mochila descansaba cerrada a un lado de la cama, con cada objeto cuidadosamente seleccionado. No llevaba mucho, solo lo esencial. No había espacio para la nostalgia ni para los recuerdos. No podía haberlo. Carolina estaba a mi lado, terminando de revisar las últimas cosas con el ceño fruncido, su preocupación evidente. —¿Estás cien por ciento segura, cariño? —preguntó con suavidad, aunque su mirada reflejaba algo más pr

