Antuan tiene quince años, es delgado y no habla mucho. Su pasión es el baile y es por tal motivo que su padre lo repudía. Nadie lo nota pero en sus manos hay heridas. Heridas causadas por golpear con desesperación la puerta de madera de la despensa transformada en cuarto de torturas en la que su padre lo encierra. Es su sitio de castigo, con las paredes forradas de clavos y tornillos listos para clavarse en su piel, su padre lo ve bien como una manera de educar al marica de su hijo que tiene prohibido desviarse. Él no puede salirse. No puede estar fuera de la regla. Antuan creció y con él creció la represión que tenía en su interior hasta el punto de explotar. Se fue de casa y se mudó de ciudad, se alejó del mundo con la intención de seguir su pasión, Antuan bailaría a como diera lugar.

