—¿Puedo preguntarte, por qué te fuiste sin avisar? —ella aprovechó que él estaba en su momento fácil, para hablar. Armand la miró un minuto y cuando ella creyó que no respondería la sorprendió deteniendo sus pasos, la llevó de la mano hasta la mesa del comedor que estaba pegada a una de las paredes del salón. La tomó de la cintura y la sentó sobre la superficie de encino. Luego, dejó descansar las palmas sobre la superficie, una mano a cada lado de las caderas de su esposa. Su cuerpo se inclinó hacia ella de una manera natural, por la posición, pero a su vez, posesiva e intimidatoria. La mujer mantuvo las manos en su regazo remilgadamente. Donatella había notado que mientras el pintor amaba que fuera descarada, el arquitecto le gustaba que fuera recatada y que mientras estaban en la cam

