Una vez que Donatella, pudo dejar de llorar, aseada y más estable emocionalmente se animó a interrogar a Frederic. —Llama a Frederic —le ordenó a la chica. —Sí, señora. Cuando él entró, Donatella no se detuvo en no admirarlo. Ella notó que era un hombre relativamente joven. Cuarenta años, tal vez. Tan alto como su esposo de un metro ochenta, a lo mejor un poco menos. —¿Usted sabía que mi esposo mantiene a su querida en una casa a las orillas de esta propiedad? —No, señora. El rostro asombrado y hasta pasmado del mayordomo fue el indicativo para Donatella de que él no mentía. —No quiero que le informe a mi esposo en las condiciones en las que me encontró. ¿Comprende usted que ya es demasiado humillante para mí, haber presenciado su amorío en persona y descubrir que lo hace en la prop

