Amar a Armand Terracort era dejarse llevar por la locura. Según él nunca había estado presente en el momento que los otros tenían relaciones sexuales con sus amantes. Sin embargo, recordaba algunos sucesos. Para él fue la primera vez con ella y si Donatella se ponía a pensar, cada personalidad tenía su propia forma de amar. Y si se lo preguntaba, el protector, era su amante preferido. La hacía perderse en sus palabras. Todo el tiempo hablaba, ya sea para susurrarle un verso apasionado, para decirle cosas sucias al oído que la encendían y la hacían sentirse una viciosa de él y su pasión. La convencía de responderle, de suplicarle y confesarle hasta lo que no sabía que guardaba en las profundidades de su mente. Él la hizo sentir viva con su corazón latiéndole a mil por hora y su sangre con

