Mientras Isobel hace esa promesa, en otra parte del mundo en un castillo muy antiguo y lleno de recuerdos tanto buenos como malos para él. Williston no puede dejar de pensar en su pequeña reina, el fuego de la chimenea bailando con sensualidad frente a sus ojos. ― ¿Crees que ella ha recordado?― la voz femenina llega hasta su oído, ronroneando como una gatita, mientras le hace un masaje en los hombros. ― No, pero lo hará, ahora que ha desaparecido el siervo humano, el dolor que eso le ha provocado abrió la puerta de los recuerdos y su poder bloqueado. ― ¿Pero no se volverá peligrosa?― le rodea para sentarse en su regazo, la luz de la chimenea incidiendo sobre su piel pálida expuesta por el pequeño kimono de seda que a penas la cubre, no dejando nada a la imaginación, sus ojos del tono
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