– ¡NO! – Entramos al mismo tiempo a la habitación para verla revolverse en la cama, aferrarse a la almohada y gritar. – Mierda – maldije y me acerqué a ella, cada grito de agonía, cada sacudida, su cuerpo empapado en sudor, su rostro contorno torsionado de dolor. La tomé por los hombros pero fue el peor error que cometí Porque grito como si le quemara mi tacto y su espalda se curvó contra el colchón. Me aparté temiendo que la hubiera lastimado, pero volví a tomarla por los hombros. – Si, ahora, en eso estamos – oí a papá hablar con alguien pero me centré en Natalia, su piel estaba caliente, como si sufriera fiebre. – Nat – la sacudi con suavidad, para sacarla de su trance, pero no funcionó, apretó más los ojos y la boca para reprimir un grito. – Cariño. Despierta. Sus ojos se abrier
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