En el hospital central, Franchesca pensaba mientras el sol se filtraba a través de las cortinas de la habitación, bañándola con una luz cálida y reconfortante, ella estaba sentada en la cama, su figura frágil envuelta en la sábana blanca, mirando fijamente el documento que tenía en sus manos, era su alta médica, el papel que marcaba el fin de su estadía en aquel lugar de paredes blancas y olor a antiséptico. Su padre, un hombre recto que siempre fue su guía, hoy era un pilar en su vida, siempre estaba para ella de manera incondicional, colocó una mano sobre el hombro de Franchesca. — Es hora de irnos a casa, hija — dijo con una voz que intentaba ser firme, pero que delataba su emoción. Valeria, su mejor amiga, estaba a su lado, consolándola, tenía los ojos rojos e hinchados de tanto ll

