María y yo quedamos con regularidad desde aquella tarde en la playa. Me daba muchísimo morbo presumir de ella, aunque me avergüenza reconocerlo. Así, me encataba ir con María a la piscina municipal, donde los chavales de su edad se agrupaban en las toallas a fumar y beber cerveza entre baño y baño, para presumir del bellezón de 19 años que tenía conmigo. María paseaba su colección de bikinis tanga, presa de todas las miradas. Yo sabía que todos esos muchachos se la pelarían con el culo de María inevitablemente al llegar a sus casas, al igual que los cincuentones que pasaban el día de sol con sus mujeres gordas, avejentadas, celulíticas. El culo de María caminaba, con un sutil balanceo de caderas, por en medio de todos ellos y era yo, el feo y aburrido profesor de Literatura, el único con d

