María no me escribió durante los siguientes dos días, y tampoco contestaba a mis llamadas. Supuse que me culpaba de lo sucedido, de no haber plantado cara a aquellos indeseables, pero ya he dicho que yo no soy ningún valiente y mucho menos con una navaja en las pelotas. Al fin, al tercer día, María contestó mis whatsapps y nos vimos. Pasé a recogerla con el coche y me pidió que fuésemos a mi casa, para hablar con tranquilidad. Pese a que hacía calor, iba bastante tapada. Pantalones anchos y una sudadera; era evidente que la experiencia de noches atrás la había dejado marcada. Ya en casa intenté abrazarla, pero la noté fría y distante, pese a que me permitió hacerlo. Cuando, poco después, quise besarla, me rechazó esta vez abiertamente. -No puedes pretender que nada ha pasado, que seguimo

