Me tomó del brazo, y bastaron dos palabras suyas para hacerme poner de rodillas primero, y a cuatro patas después. Solo que al estar mis manos atadas a la espalda, fue mi cara la que acabó sobre la alfombra. Nunca había sentido mis partes íntimas tan expuestas, sin ningún decoro. Él permanecía detrás, y pronto noté una de sus manos en mi muslo. Sus dedos fueron ascendiendo poco a poco sobre las medias hasta llegar a la banda elástica que las sujetaba, sobrepasándola después. Es entonces cuando vi su torso, pues se había despojado de la camisa. Sus músculos resaltaban como en los dibujos de un manual de Anatomía. Sus bíceps, su deltoides, también los músculos de su abdomen. Todos ellos estaban surcados por esas venas tan descaradamente masculinas que los recubrían como diciendo: “Me lo he

