Capítulo 5: El Eco de las Paredes

1909 Words
Despertar en la mansión de Dante Thorne fue como recuperar la consciencia tras un accidente de coche: primero llega el silencio, luego la confusión y, finalmente, un dolor agudo que te recuerda que nada volverá a ser igual. Me quedé inmóvil bajo las sábanas de seda gris carbón, mirando el techo abovedado de la habitación. No había moho, ni grietas, ni imperfecciones. Todo en este cuarto era arquitectónicamente perfecto, y eso era lo que más me aterraba. La luz del sol se filtraba a través de los ventanales blindados, proyectando sombras largas y afiladas sobre el suelo de madera de roble n***o. No había manijas en las ventanas. No había cerraduras manuales en las puertas. Todo era electrónico, todo dependía de un pulso digital que yo no controlaba. Me senté en la cama, sintiendo el peso del contrato que había firmado ayer quemándome la memoria. Dos años. Mil setecientas sesenta horas siendo la "consultora" de un hombre que había demolido mi vida para reconstruirla a su antojo. Me levanté y caminé hacia el vestidor. Allí, colgada con una precisión militar, estaba una hilera de ropa nueva. No eran mis vaqueros desgastados ni mis blusas de algodón. Eran trajes de seda, pantalones de corte sastre y vestidos que gritaban poder y sumisión a partes iguales. Dante no solo había comprado mi talento; había decidido qué piel debía habitar. Elegí un conjunto de pantalón blanco y una blusa de seda color crema, intentando recuperar un poco de la dignidad que perdí al cruzar el umbral de esta fortaleza. Salí de la habitación. La mansión era un laberinto de minimalismo brutalista. Cada pasillo parecía diseñado para que te sintieras pequeña, observada por las cámaras que parpadeaban con una luz roja casi imperceptible en los ángulos de las cornisas. Bajé las escaleras de mármol flotante hasta llegar a lo que Dante llamó mi "estudio". Era un espacio impresionante. Tres mesas de dibujo de última generación, pantallas de alta resolución y una vista panorámica de los jardines privados de la propiedad. Pero para mí, era una jaula de oro. Me acerqué a la mesa principal, donde ya descansaban unos planos con el sello de Thorne Global. —Veo que has encontrado tu lugar de trabajo. No era la voz de Dante. Era una voz femenina, afilada como un bisturí y cargada de una confianza que me hizo girar de golpe. En el umbral del estudio estaba una mujer que parecía haber sido arrancada de las páginas de Vogue. Era alta, con un cabello n***o azabache cortado en un bob perfecto y unos ojos gélidos que me recorrieron de arriba abajo con un desprecio mal disimulado. Llevaba un traje rojo sangre que destacaba contra las paredes grises del estudio. —¿Quién eres tú? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara. La mujer entró en el estudio sin pedir permiso, caminando con una familiaridad que me revolvió el estómago. Se acercó a mi mesa y pasó un dedo por el borde, como si buscara polvo. —Soy Morgana Vance —respondió, y su nombre sonó como un veredicto—. Y la pregunta no es quién soy yo, Jade, sino qué haces tú en mi estudio, usando la casa que yo ayudé a diseñar para Dante. Me quedé helada. Morgana Vance. Sabía quién era. Había leído sobre ella en las revistas de diseño; era la arquitecta de interiores de las élites, una mujer conocida por su falta de escrúpulos y su estética fría. Pero lo que no decían las revistas era su conexión personal con Dante. La forma en que pronunciaba su nombre, con una posesividad familiar, me dejó claro que ella era mucho más que una empleada. —Dante me trajo aquí —dije, recuperando el aliento—. Tengo un contrato de exclusividad con él. Morgana soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que rebotó en las paredes de cristal. Se acercó tanto que pude oler su perfume: algo caro, floral y ligeramente amargo. —Un contrato —repitió, burlona—. Jade, querida, he visto pasar a docenas de "contratos" por la vida de Dante. Él tiene una debilidad por las cosas brillantes y nuevas. Le gusta coleccionar talento, rodearse de belleza antes de consumirla por completo. Tú solo eres el capricho del mes porque tienes ese aire de mártir que él encuentra tan… estimulante. —No soy un capricho. Estoy aquí para limpiar el nombre de Liam y salvar mi carrera. Morgana arqueó una ceja perfectamente depilada. Se inclinó sobre los planos que yo acababa de abrir y, con un gesto rápido de su mano, los cerró de golpe. —Liam Ferrera —dijo con asco—. El hombre que te cambió por un fajo de billetes y un billete de avión a Brasil. ¿De verdad eres tan ingenua? Dante no salva a nadie si no hay un beneficio para él. Él destruyó a tu novio porque Liam era un estorbo para lo que él quería: tu mente creativa encerrada en esta caja de cristal. —¡Mientes! —grité, aunque una parte de mí, la parte que vio a Dante en la gala, sabía que ella tenía razón—. Él me ayudó cuando nadie más lo hizo. —Él creó la tormenta para venderte el paraguas, niña —Morgana rodeó la mesa de dibujo, acorralándome contra el ventanal—. Yo conozco a Dante Thorne mejor que nadie. Hemos compartido cama, secretos y edificios durante cinco años. Yo soy la que se queda cuando las niñas como tú se rompen bajo su presión. Mira a tu alrededor. Estos muebles, estos colores, la forma en que la luz golpea el suelo… todo eso es mío. Tú eres solo una pieza de mobiliario más que él ha decidido añadir a la decoración. Sentí una oleada de náuseas. Mirar la habitación y saber que Morgana la había diseñado para Dante me hacía sentir como una intrusa en mi propia vida. Ella conocía los rincones de esta casa, conocía los gustos de Dante, conocía al hombre que me tenía cautiva de una forma que yo apenas empezaba a vislumbrar. —Si eres tan importante para él, ¿por qué estoy yo aquí y no tú? —le espeté, tratando de encontrar una grieta en su armadura de arrogancia. Los ojos de Morgana se entrecerraron, volviéndose dos rendijas de odio puro. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que pude sentir su aliento en mi rostro. —Porque Dante se aburre de la perfección, Jade. Él quiere algo que pueda doblegar. Yo soy como él, somos la misma especie de depredador. Y un depredador no puede domesticar a otro. Pero tú… tú eres una presa. Él quiere ver cuánto tiempo tardas en dejar de luchar. Él quiere ver cómo tu luz se apaga hasta que solo quede la sombra que él proyecte sobre ti. Morgana extendió una mano y, con una lentitud insultante, me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Su tacto era frío como el mármol. —Disfruta de tu estancia, Jade Sterling. Pero recuerda esto: cuando Dante termine de jugar a las casitas contigo y se canse de tu moralidad barata, yo seguiré aquí. Yo soy el acero de esta estructura. Tú solo eres el cristal. Y el cristal siempre, siempre termina hecho añicos. Se dio la vuelta y salió del estudio con la misma elegancia con la que había entrado, dejando tras de sí un silencio que ahora se sentía cargado de veneno. Me dejé caer en la silla de diseño, sintiendo que las paredes del estudio se cerraban sobre mí. Había pasado de ser una arquitecta respetada a ser el juguete en una guerra de poder entre un hombre obsesivo y su examante despechada. Y lo peor de todo era la duda que Morgana había sembrado en mi mente: ¿Y si Liam de verdad me había abandonado? Miré hacia la esquina del techo, donde la pequeña luz roja de la cámara parpadeaba. Sabía que él estaba viendo. Sabía que Dante Thorne estaba sentado en algún lugar, disfrutando de mi humillación, observando cómo Morgana me despedazaba psicológicamente. Me levanté y, por primera vez, sentí la necesidad de golpear el cristal. Corrí hacia el ventanal y golpeé el vidrio con los puños, pero el sonido fue sordo, muerto. El cristal blindado ni siquiera vibró. Era una barrera absoluta entre yo y el mundo que solía conocer. —¡Sé que me estás viendo! —grité hacia la cámara—. ¡Sal de donde estés, cobarde! La puerta del estudio se abrió con un clic electrónico. No fue Morgana. Fue Dante. Entró con su habitual calma, impecable en un traje gris oscuro, con las manos en los bolsillos. Se detuvo a unos metros de mí, estudiándome con esa curiosidad científica que me ponía los pelos de punta. —Veo que has conocido a Morgana —dijo, y su voz era como terciopelo sobre lija—. Tiene un temperamento difícil, pero es la mejor en lo que hace. —¿Por qué dejas que me hable así? ¿Por qué la dejas entrar aquí si se supone que este es mi espacio de trabajo? —mi voz estaba rota por la rabia y las lágrimas contenidas. Dante caminó hacia mí, ignorando mis gritos. Se detuvo frente al ventanal donde yo acababa de golpear y puso su mano sobre la marca que mis puños habían dejado en el cristal. —Morgana es parte de mi mundo, Jade. Un mundo al que ahora perteneces. Ella solo está marcando su territorio, como cualquier animal que se siente amenazado por una presencia superior. —¡No soy un animal! ¡Y no soy tu propiedad! Dante se giró hacia mí. Su rostro estaba a centímetros del mío, y por un momento, vi algo en sus ojos que no era control. Era un hambre oscura, una voracidad que me dejó sin aliento. —Firmaste el contrato, Jade. Escribiste tu nombre junto al mío. En este mundo, en esta casa, tú eres exactamente lo que yo diga que eres —extendió una mano y rodeó mi cuello, no para apretar, sino para reclamar. Su pulgar acarició mi pulso, que latía desbocado—. Ella tiene razón en algo: el cristal se rompe. Pero lo que ella no entiende es que yo no quiero romperte. Quiero fundirte y volver a darte forma hasta que seas la estructura más fuerte que este mundo haya visto jamás. —Te odio —susurré, aunque mis ojos no podían apartarse de los suyos. —El odio es un sentimiento muy fuerte, Jade. Es casi tan útil como el amor para mantener a alguien cerca —me soltó y caminó hacia la mesa de dibujo, abriendo de nuevo los planos que Morgana había cerrado—. Ahora, deja de llorar por Liam y por Morgana. Tienes un edificio que diseñar. Un rascacielos que llevará mi nombre y tu alma. Empieza a trabajar. Salió del estudio sin mirar atrás, dejándome sola con mis planos y mis fantasmas. Miré el papel en blanco frente a mí. Mis manos aún temblaban, pero algo en mi interior había cambiado. Morgana quería que me rompiera. Dante quería que me transformara. Tomé el lápiz. Si iba a estar en esta jaula, no me quedaría quieta esperando a ser devorada. Si Dante Thorne quería una arquitecta, le daría una. Pero construiría algo que ni siquiera él podría controlar.
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