El whoosh del mensaje enviado fue un susurro digital que selló su destino. Isabella se quedó paralizada. El horror le robó el aliento. Vio la foto (su foto, vulnerable, en pijama) desaparecer en el ciberespacio, enviada al hombre que la había traicionado. Y el texto... "La correa... está en mi mano." La había reducido a una propiedad. Un objeto. Un trofeo de guerra que le estaba restregando en la cara a su hermano. —Usted... —su voz fue un siseo roto, incrédulo—. Acaba de... —Acabo de ganar. Alexander bajó el teléfono. La luz de la pantalla iluminó su rostro. No había remordimiento. No había duda. Había una satisfacción depredadora, oscura y febril, que le heló la sangre a Isabella. Él estaba disfrutando esto. —¿Y la verdad? —preguntó ella, la voz temblando de rabia—. ¿Qué qu

