Capítulo 30: El Dueño de la Correa

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El clic de sus tacones sobre el mármol del piso 50 era una cuenta regresiva. 12:30 pm La mañana había sido una purga. Un baño de sangre corporativo. Los veinte ejecutivos despedidos se habían ido, dejando tras de sí un silencio de cementerio y un olor a miedo que impregnaba el aire acondicionado. Isabella estaba en su oficina de cristal. El acuario. No había tocado el almuerzo que Aida (que ahora, al parecer, era una asistente fantasma en el edificio) había dejado en su escritorio. Su estómago era una bola de hielo. "Tira de la correa." El mensaje de Sebastián ardía en el bolsillo de su traje gris marengo. En su oído izquierdo, el auricular, frío e invisible, estaba en silencio. Pero sabía que él estaba allí. Alexander. Al otro lado del atrio, en su propia fortaleza de cristal. Obs

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