Esa noche, el monoambiente de Isabella en Lincoln Park se sintió como una caja de zapatos. Demasiado chico. Demasiado silencioso. Había salido del piso 50 sintiéndose como un fantasma. El "Tenga cuidado. Los fantasmas que vuelven... muerden" de Alexander Vance, resonaba en sus oídos. ¿Era una advertencia genuina? ¿O era, como todo en él, una jugada estratégica? ¿Una forma de recordarle que, aunque él le daba permiso para ir, ella seguía siendo su pieza en el tablero? El tipo era un controlador obsesivo. Y ella estaba, literalmente, en el centro de su radar. Llegó a casa. El silencio la toca. Estaba acostumbrada al zumbido de alta frecuencia del piso 50. El susurro del aire acondicionado a 19 grados, el tecleo de Meredith, el murmullo profundo de la voz de Alexander al teléfono, la

