Isabella quedó petrificada. El eco de sus últimas palabras —"Usted trabaja para mí. Como mi asistente personal"— rebotaba contra el ventanal panorámico que valía más que su vida entera.
¿Asistente... personal?
El cerebro de Isabella intentó procesarlo. Era como si le hubieran dado una cachetada y un beso al mismo tiempo. Era un castigo envuelto en un ascenso. Era una soga de seda.
Él la había acusado de oportunista, de querer "ascender por accidentes", ¿y ahora la ascendía?
—Hola...
—No balbucee, señorita Rossi. Me irrita.
Alexander Vance se enderezó, abandonando el borde del escritorio. Volvió a ser la estatua de poder, el CEO.
—Pero... ¿por qué? —logró articular ella, la rabia volviendo a teñir su voz. Odiaba sonar débil, pero la confusión era total—. Tú me... me odia.
—No pierdo mi tiempo en emociones tan inútiles como el odio —replicó él, acomodando un pisapapeles de cristal que ya estaba perfectamente alineado—. El odio es un lujo. Lo que vi en el ascensor era patético, sí. Pero lo que vi en su expediente fue... útil.
Señaló la carpeta con su nombre.
—Usted está desesperado.
Su expediente financiero es un desastre.
La deuda de su padre es un ancla que la está hundiendo. Usted necesita este trabajo. No quiere este trabajo, usted lo necesita .
Eso, señorita Rossi, se llama apalancamiento.
Y yo soy muy bueno usándolo.
Allí estaba. La estrategia pura y dura. La voz de su madre resonaría aquí:
La gente no compra productos, compra soluciones a su dolor .
Y él había identificado el dolor de Isabella, su herida abierta, y acababa de clavarle el dedo adentro.
—Usted cree que soy desleal —dijo ella, con la mandíbula apretada.
—Creo que su lealtad, como la de todos, se compra. La diferencia es que yo sé exactamente cuál es su precio: la supervivencia.
Usted no va a filtrar mis correos, no va a vender mis secretos y no va a conspirar con mi primo Julian —la forma en que dijo el nombre "Julian" sonó como si estuviera masticando vidrio—, porque si lo hace, me aseguraré personalmente de que no vuelva a trabajar ni sirviendo café en una estación de servicio de la Ruta 66.
¿Fui claro?
Clarisimo.
Era una amenaza. Una amenaza brillante, despiadada y absolutamente efectiva.
La había atado. La había atado a él.
Isabella sintió un frío que le caló los huesos. Este hombre no era Sebastián, el fantasma cobarde que huyó. Este era el depredador alfa. Y la acababa de marcar como de su propiedad.
—Perfectamente claro, señor Vance.
—Bien. Meredith, mi asistente ejecutiva, manejará la agenda corporativa.
Usted... —hizo un gesto hacia ella, como si fuera una herramienta que acababa de adquirir— usted manejará mi vida.
Mis horarios personales, mis filtros, mis viajes, mi café. Y cualquier tarea que consideres debajo de la categoría de Meredith.
La humillación. Era el perro guardián, la chica de los mandados de lujo.
—Meredith le dará los detalles y las cláusulas de confidencialidad que deberá firmar. Su nuevo sueldo reflejará sus nuevas responsabilidades... y su nuevo silencio.
El dinero. La zanahoria después del palo.
—Mañana. Siete en punto. En el escritorio de afuera. No llegue tarde. Un segundo tarde y buscaré a alguien más desesperada. Puede retirarse.
Se dio vuelta, volviendo a mirar por la ventana, dándola por terminada. La audiencia había concluido.
Isabella se quedó parada un segundo, sintiendo el ardor de la humillación en la cara. Quería gritarle. Quería tirarle el pisapapeles de cristal a la cabeza. Quería renunciar.
Pero pensó en el aviso de desalojo pegado en la heladera de su monoambiente. Pensó en los fideos instantáneos. Pensó en la mirada rota de su padre la última vez que lo vio.
Apretó los labios hasta que le dolieron.
—Sí, señor.
Se dio vuelta y caminó hacia la puerta. El click de sus tacones fue lo único que rompió el silencio. Al cerrar la puerta de caoba, sintió que acababa de firmar un pacto con el diablo.
Meredith, en el escritorio de mármol n***o, ni siquiera levantó la vista. Solo le deslizó una pila de papeles por la superficie pulida.
—Lealo. Firmelo. Tráigalo mañana.
Y bienvenida al piso 50, supongo.
La ironía en su voz era palpable.
El regreso al piso 42 fue surrealista. Si la caminata de ida había sido una marcha fúnebre, la de vuelta fue... ¿qué? ¿Un desfile de la victoria? ¿La caminata de la vergüenza? No lo sabía.
Las miradas la siguieron, pero esta vez eran diferentes. Ya no era la pobre diabla que iba al matadero. Era... algo más.
Jennifer Lane estaba parada cerca de la fotocopiadora, buscando revisar unos papeles, pero sus ojos estaban fijos en Isabella. La expresión de triunfo que tenía antes se había agriado, reemplazada por una confusión ácida.
Isabella fue directamente a su cubíc*l*. Se sentó. Miró su pantalla, los números de Berlín que ahora parecían tan insignificantes.
Estuvo diez minutos sin moverse. Procesando.
Luego, agarró una caja de cartón vacía de debajo del escritorio y empezó a guardar sus cosas. La foto de su madre (fallecida hace años), su taza de café favorita, sus anotadores.
—¿Qué... qué estás haciendo, Rossi?
La voz de Jennifer. No pude evitarlo.
Isabella levantó la vista. Vio la cara de Jennifer, pálida de rabia y desconcierto.
—Me mudo, Jennifer.
—¿Te mudas? ¿Adónde? ¿A Recursos Humanos? ¿Te despidieron?
Isabella puso el último retrato en la caja. Se puso de pie. Por primera vez en dos años, se sintió... alta. No era felicidad. Era una adrenalina fría, casi peligrosa.
—Al piso 50.
La boca de Jennifer se abrió. Un pequeño sonido ahogado salió de ella.
—¿Qué? ¡Mentira! ¡Vos no...!
—Soy la nueva asistente personal del señor Vance —dijo Isabella, su voz tranquila, cortante—. Así que, si me disculpas, tengo que irme.
Tomó su caja. Y por primera vez, pasó al lado de Jennifer Lane y fue Jennifer quien tuvo que apartarse.
El viaje en el ascensor (esta vez el de carga, por la caja) fue un alivio. Estaba sola. Apoyó la cabeza contra la pared metálica fría.
La victoria sobre Jennifer se sintió hueca. Sabía que solo había cambiado una víbora por un dragón.
Esa noche, su departamento se sintió aún más pequeño. La pila de papeles que Meredith le había dado estaba sobre la mesa de la cocina.
El "Acuerdo de Confidencialidad" era más horrible que la guía telefónica. Básicamente, firmaba su alma: no podía hablar de Alexander Vance, de sus invitados, de sus comidas, de sus llamadas, ni siquiera del tipo de agua mineral que tomaba, o la demandarían hasta dejarla en la indigencia por el resto de su vida.
Y el sueldo.
Miró la cifra. Se le cortó la respiración.
Era el triple. El triple de lo que ganaba.
Con eso... con eso podía respirar. Podía pagar la deuda en dos años, no en diez. Podía dejar de cenar fideos.
El diablo pagaba bien.
Mientras el agua para el té hervía (esta noche se daba el lujo de un té caro), marcó el número. Lo había pospuesto toda la tarde.
Sonó una, dos veces.
—Isa? Querida, ¿qué pasa? Es tarde.
La voz de Eleanor. Cálida, pero cansada.
Isabella se sentó en el suelo de la cocina, abrazando sus rodillas.
—Eleanor... pasó algo.
—Ay, Dios mío. ¿Qué? ¿Te vio? ¿Te reconoce?
—No. Peor.
Y se lo contó todo. El ascensor. La acusación. La convocatoria. La oficina. La amenaza. Y el ascenso.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Tan largo que Isabella pensó que se había cortado.
—¿Eleanor?
—Seguí... seguí respirando, querida —la voz de Eleanor sonaba tensa, alarmada—. Dios mío. Alejandro... siempre fue así.
—¿Así cómo?
-Implacable. Estratégico. Él no juega al ajedrez, él tira el tablero y se queda con todas las piezas. Isa, esto es peligroso.
—No tengo opción, Eleanor. El sueldo...
—¡No es por el sueldo, nena! —rara vez Eleanor levantaba la voz—. Es por él. Sebastián... tu esposo... es débil. Es un cobarde. Huyó porque mi exesposo (su padre) lo obligó al acuerdo. Pero Alexander... Alexander es el hijo de su madre.
Es mi hijo. Y es mil veces más peligroso que su padre y su hermano juntos.
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Qué querés decir?
—Quiero decir que él no va a dejarte en paz.
Te quieres cerca porque te consideras una amenaza o una herramienta. Y él usa sus herramientas hasta que se rompe. Te va a probar, Isa. Te va a empujar hasta tu límite.
—Puedo manejarlo —dijo Isabella, aunque no estaba segura de convencerse a sí misma.
—No lo conocía. Él... él no confía en nadie.
Especialmente en las mujeres. Tiene sus razones.
Solo...tené cuidado.
Y por el amor de Dios, jamás dejes que sepa quién sos.
Si descubre que sos la esposa-fantasma de su hermano, la que está conectada a mí... no sé qué haría.
La advertencia quedó flotando. Isabella se despidió, prometiendo tener cuidado.
Esa noche, guardó el vestido de novia (el fantasma blanco en el armario) bien al fondo, debajo de mantas viejas. Era un símbolo. Ya no era la novia humillada.
Ahora era el soldado en territorio enemigo.
Durmió tres horas.
A las 6:45 am del día siguiente, Isabella Rossi estaba parada frente al escritorio de mármol n***o del piso 50.
No lleve ropa habitual. Había gastado una parte mínima de su tarjeta de crédito (sabiendo que el nuevo sueldo lo cubriría) en "armadura". Una falda lápiz negra, impecable. Una blusa de seda blanca, cuello cerrado. Un blazer gris marengo, entallado. El pelo, recogido en un moño bajo y tirante. Maquillaje mínimo, profesional.
Era la imagen de la eficiencia. Sin fisuras. Sin "accidentes" de ascensor.
Meredith llegó a las 6:50 am. La miró de arriba abajo y se acercó, casi imperceptiblemente. Aprobaba la transformación.
—Bien. El señor Vance llega a las ocho en punto. Ni un minuto antes, ni uno después. Si llega a las 7:59, ya es tarde para tenerle el café listo.
Meredith le tendió una tableta.
—Esta es tu biblia. Las preferencias del señor Vance.
Isabella empezó a mirar lascivamente. Era una locura.
Café: Marca específica de Kenia, molido en el momento. Prensa francesa. Servido a exactamente 85 grados Celsius. Ni uno más, ni uno menos.
Prensa: El Wall Street Journal , el Financial Times (edición europea) y The Economist , planchados.
Agenda: Solo citas en bloques de 30 minutos. Nada de "charlas" informales.
Llamadas: Filtro total. Solo pasan tres personas sin preguntar: su madre (Eleanor), el jefe de seguridad (un tal "Hawk") y alguien llamado "K".
Ambiente: La oficina debe estar a 19 grados. Siempre.
Era la lista de un tirano obsesivo-compulsivo.
— ¿Planchados? —preguntó Isabella, incrédula.
—El señor Vance odia las arrugas. En los diarios y en la gente —dijo Meredith, sin sonreír—. La cafetera está en la cocina privada de la oficina. Tenés diez minutos para aprender a usarla. Buena suerte.
Meredith se fue a su propio escritorio, dándola por instrumentada.
Isabella sintió el pánico subir. ¡85 grados!
¿Cómo demonios iba a medir eso? Encontró la cocina. Era un laboratorio de acero inoxidable. Y, gracias a Dios, la cafetera tenía un termómetro digital incorporado.
Molió el grano (el olor era increíble). Preparó la prensa francesa. Miró el reloj. 7:52 am
Planchó los diarios. Se sintió ridícula, pasándole una plancha de vapor a la sección de finanzas.
A las 7:58 am, todo estaba listo. La taza de porcelana negra (especificada en la tableta) humeaba suavemente. La prensa, planchada, estaba en el ángulo exacto sobre el escritorio de él.
A las 7:59 am, Isabella estaba de pie junto a su nuevo escritorio, en la antesala de la oficina del diablo, con las manos juntas frente a ella.
Timbre .
Las puertas del ascensor privado, el que daba directo al salón de presidencia, se abrieron.
Alexander Vance salió.
Hoy vestía un traje azul noche, tan oscuro que parecía n***o. Cortaba el aire mientras caminaba. No miró a Meredith. Sus ojos azules, fríos como el ártico, se posaron en Isabella.
No dijo "buenos días". No dijo "hola".
La escaneó. De pies a cabeza. Su mirada se detuvo un segundo en el moño tirante.
—Señorita Rossi.
—Señor Vance —respondió ella, con su voz firme.
Él caminó directo a su oficina. Ella lo siguió, como un soldado.
Entró. El ventanal estaba gris por la mañana nublada. La oficina estaba helada, a 19 grados exactos.
Él dejó su maletín de cuero en el suelo. Se quitó el saco y lo colgó. Se aflojó la corbata media pulgada.
Se acercó al escritorio. Tocó el Financial Times . Lo levantó. No había arrugas.
Luego, miró la taza de café.
Isabella contuvo el aliento.
Levante la taza. La oliva. No la probó. Solo la olió.
—Aceptable —fue todo lo que dijo.
Para Isabella, sonó como un aplauso estruendoso.
Él se sentó en su silla, que parecía un trono. Subió a su computadora.
—La agenda —dijo, sin mirarla.
—Está en su tableta, sincronizada. Sus primeras tres citas fueron confirmadas. La llamada con Berlín es a las 9:30 am, hora local de ellos, lo cual es...
—Las 3:30 am de aquí. Ya lo sé. Ya lo hice. Borrela.
Isabella parpadeó. ¿A las 3:30 am?
—Pero... Meredith la agenda para esta tarde...
Él levantó la vista. La mirada de hielo la toca.
—¿Es usted mi asistente personal, o la de Meredith?
Meredith maneja la agenda corporativa .
Yo manejo mi vida .
Y mi vida empieza cuando Berlín se despierta.
Si usted no puede seguir ese ritmo, la puerta sigue estando donde estaba ayer.
Allí estaba. La primera prueba.
—Entendido, señor. No volverá a pasar.
¿Quiere que reprograme sus citas de la mañana para compensar su...
-No. Quiero que cancele mi almuerzo.
—Pero es con el directorio del banco...
—Cancela mi almuerzo —repitió, más despacio—. Y en ese espacio, quiero un informe completo de la compañía "Acero Atlas".
Quiero saber quién dirige su logística, quiénes son sus accionistas minoritarios y, específicamente, si su CEO tiene alguna... debilidad. Vicios, deudas, amantes.
Lo que sea. Tiene tres horas.
Isabella sintió que la sangre se le iba a los pies. ¿Eso era legal?
—Señor, eso es... eso es investigación de la competencia, yo no...
—No, señorita Rossi. Eso es espionaje corporativo. Y es su nuevo trabajo.
Él volvió a mirar su pantalla. Dándola por terminada.
Isabella salió de la oficina. Las manos le temblaban. La había ascendido a espía.
Cerró la puerta suavemente. Respiro hondo. "Acero Atlas". Se sentó en su nuevo escritorio. Abrió la computadora.
Okey, Isabella , pensemos como estrategas , se dijo a sí misma. Si no podés ganar la guerra, ganarás la batalla. Te pide información. Le vas a dar el mejor informe de espionaje que haya visto en su vida .
Se sumergió en la red.
Usó sus habilidades financieras, sus idiomas.
Cruzó datos, buscó registros públicos en Europa, encontró artículos de prensa rosa de Mónaco.
Dos horas y cuarenta y cinco minutos después, tenía el informe.
El CEO de Acero Atlas no tenía deudas.
Pero sí tenía una debilidad: una modelo que mantenía en un departamento carísimo en París, lejos de su esposa en Zúrich.
Imprimió el informe. Tres páginas. Conciso. Letal.
Esperaba que él terminara una llamada. Tocó la puerta.
—Adelante.
Entró. Él estaba, otra vez, de pie junto al ventanal.
—El informe de Acero Atlas, señor.
Él no se giró. Solo extendiendo la mano hacia atrás.
Ella le dio los papeles.
Hubo silencio mientras él leía. Isabella no respiraba.
Él leyó la primera página. La segunda. Al llegar a la tercera, donde estaba el jugo , el nombre de la amante y la dirección del departamento, se detuvo.
Isabella vio sus hombros tensarse.
Lentamente, él se giró.
Tenía el informe en la mano. No la miraba con rabia. No la miraba con frialdad.
La miraba con algo nuevo. Algo que la asustó más.
Respeto. Un respeto frío, de depredador a depredador.
—Bien —dijo él, su voz *p*n*s un murmullo—. Muy bien, señorita Rossi.
Dejó el informe en su escritorio.
Isabella sintió un orgullo oscuro. Había pasado la prueba.
Se dio vuelta para irse.
Había sobrevivido al primer día.
—Señorita Rossi.
Su voz la detuvo en la puerta. Se giró.
Él se había sentado. La miraba fijamente, sus manos entrelazadas sobre el escritorio. La máscara de hielo había vuelto, pero sus ojos eran intensos.
—Una cosa más, ya que es tan buena investigando.
—¿Señor?
—Su expediente. El que revisé ayer.
Decía que su estado civil es... "Casada".
El corazón de Isabella Rossi se detuvo. Se detuvo por completo. El aire se volvió sólido en sus pulmones.
Alexander Vance inclinó la cabeza, su mirada era filosa como un bisturí.
—Me intriga. Un matrimonio tan desastroso que la tiene ahogada en deudas. Cierra la puerta. Tenemos que hablar de su... esposo .